El abuelo y yo, tercera parte

Esta es la continuación de la serie “El Abuelo y yo”, si quieres leer la segunda parte o la primera parte, presiona la liga.

Seguí a Pepino y a mi abuelo que venía muerto de una risita callada.

El baño estaba efectivamente en el jardín. Era un closet de 4 puertas y un hoyo, punto. Es una de esas experiencias que nunca pensé vivir. Me sentí como en otro mundo.

Al salir del baño me encontré a los otros dos sentados en un tronco tirado, con redes hechas por ellos mismos.

Pasamos por mi casa y te presto mi red Benjamín, así no te pierdes la diversión”, mi abuelo estaba disfrutando muchísimo mi choque cultural en la época de las antigüedades.

El arroyo estaba lleno de niños pescadores. Unos traían unos palitos de los que tenían amarrados unas cuerdas, de las mismas habían amarrado una lombriz.

Estaban efectivamente pescando, no había adultos por ningún lado.

Otros estaban simplemente mojándose lo pies y platicando con sus amigos. Otros estaban ya dentro del agua.

Q’ubas”, saludó mi abuelo a unos chicos que estaban pescando de un lado del arroyo, saludándolos de la misma manera en la que saludó al Pepino.

Pepino y mi abuelo se quitaron los zapatos. Mi abuelo me vio de reojo desde abajo indicándome la mirada y la cabeza que hiciera lo mismo.

¡No te puedes imaginar el asco que me dio pensar en meter los pies a esa agua llena de renacuajos!

Definitivamente hice lo que se me ordenó con los ojos hacer.

Después de quitarnos los zapatos, poner los calcetines dentro de las botas y amarrarlos para que no se separaran, nos metimos, redes en mano, al agua.

Comenzó el proceso de exploración en busca de los famosos renacuajos, que no se escondieron, simplemente nadaban “de ranita” o se movían moviendo algo que yo describiría como la cola en el agua.

“Esos no valen, están muy chiquitos”, dijo Pepino atrás de mí, “tienes que agarrar a los que ya tienen dos patas”, se quedó observándome pensativo, “¿no pescan renacuajos de donde tú vienes?”

Es que Benjamín viene de una ciudad grande, donde no hay riachuelos”, me rescató mi abuelo.

Mientras mi abuelo explicaba, mis renacuajos hábilmente se volvían a echar en el agua. Unos chicos que estaban del otro lado se murieron de risa.

Mi abuelo me agarró del brazo para asegurarme que no fuera yo a echarles bronca a los vecinos.

Nos concentramos en lo nuestro.

Los niños que mi abuelo había saludado se nos pegaron y estuvimos brincando en el agua tratando de agarrar los animalitos que asustadísimos salían corriendo (es un decir) cuando nos acercábamos.

Varias veces agarré un renacuajo con la mano y del mismo susto lo dejé escapar. Ya que me acostumbré a la sensación aguadita de ellos en las manos, la verdad, me divertí mucho.

Acabamos empapados. Sin embargo, hacía tanto calor que ni nos preocupamos. Salimos del agua comentando los mejores momentos y riéndonos a carcajadas.

“Me da mucho gusto que te gustó este tipo de diversión”, dijo mi abuelo con los ojos brillantes y una sonrisa sincera de oreja a oreja.

¡Los zapatos!”, exclamó Pepino despertándonos de golpe. Nuestras pertenencias no estaban donde los habíamos dejado.

Escuchamos las carcajadas de los muchachos que se habían reído de la fuga de mis renacuajos, estaban camino hacia la ciudad doblándose de risa.

¡Espero que les guste volar!”, gritó uno, mientras los demás se azotaban de la risa.

Mi abuelo y yo volteamos a ver el árbol arriba de nuestras cabezas, efectivamente tres pares de zapatos colgaban de sus ramas.

Después de varias horas de intentos variados para bajar los zapatos, tomamos camino de regreso. Los tres volvíamos cabizbajos, tanto por haber sido molestados como por lo cansados que estábamos de intentar bajar los zapatos que nos tomó bastante tiempo.

¿Siempre les hacen bullying?”, le pregunté al piso.

Pertenecemos a pandillas diferentes, siempre hay guerra”, contestó mi abuelo levantando los hombros.

¿Qué significa eso que dijiste… bullying?”, preguntó Pepino, mientras mi abuelo y yo nos asustamos por nuestro error.

…es…lo… que … se dice de dónde yo vengo… cuando… alguien te molesta”, inventé yo.

Ustedes piensan que no me doy cuenta, pero algo raro está pasando”, dijo Pepino bloqueándonos el camino y confrontándonos de frente, “primero no dices de qué país vienes, no soy muy bueno en geografía, pero no debe ser otro mundo por que hablas español”, dijo primero mirándome a los ojos a mi y luego a mi abuelo.

Segundo, cuando los dos voltearon a ver los zapatos, hicieron los mismos gestos… es como si fueran hermanos…. se parecen muchísimo también…”, terminó frunciendo el seño y obviamente decepcionado de nuestras mentiras.

Pepino…”, comenzó mi abuelo, pero Pepino cerró los ojos, agitó la cabeza y movió las manos en forma de negación.

Lo que me digas será una mentira, no te creo…”, confrontó a mi abuelo, “¿Por qué no intentas con la verdad?, yo pensé que nos confiábamos todo”.

El abuelo me volteó a ver levantándome las cejas, preguntándome sin palabras “¿Le decimos?”, yo levanté los hombros como diciendo, “Pues ya que”.

“Está bien, no nos vas a creer, pensarás que estamos enfermos o locos o que te estamos tratando de hacer sentir tonto….”, le dijo mi abuelo a Pepino… “Ven hoy a la casa de mi mamá, digo a mi casa y te intentaremos explicar todo”.

Mi abuelo y Pepino se dieron la mano para cerrar el pacto.

Después de comer la comida más deliciosa de mi vida, llegó Pepino, saludó a mi abuela como si fueran amigos de toda la vida (Cosa que probablemente son, bueno, por lo menos la vida de Pepino).

Mi abuela en verdad era cariñosa con todos los niños, tal como me habían contado mi mamá y mi abuelo.

Mamá”, dijo mi abuelo solemnemente, “Pepino, Benjamín y yo tenemos que hablar algo importante. Vamos a mi cuarto, que nadie nos interrumpa”.

Muy bien cariño, y ¿a mí no me vas a dejar entrar en el secreto?”, dijo con los ojos risueños y un poquitín triste.

¿Cómo sa…?”, comencé yo, pero el abuelo se me adelantó.

¿Crees que no te diría si fuera algo muy grave?, eres la persona a la que más le tengo confianza en el mundo, pero esto lo tengo que resolver yo… ¿me crees?”, le suplicó mi abuelo-niño con la mirada a su madre.

Se miraron por un instante profundamente a los ojos, hasta que mi abuela asintió con la cabeza.

Ambrosio confió en ti, quiero que el momento que estés en peligro, de cualquier manera, me involucres, ¿Estamos de acuerdo?”, mi abuela le extendió la mano sin dejar de mirarlo fijamente a los ojos, el abuelo asintió y cerraron el pacto.

Pepino, como mi abuelo lo pudo predecir, al principio no nos creyó. Se enojó muchísimo porque pensaba que su mejor amigo le estaba mintiendo sobre todas las cosas.

Yo saqué mi ropa y la puse sobre la cama de mi abuelo y le mostré los zapatos, que tanta sensación habían causado con mi abuela.

Pepino parecía dudar aún, saqué mi celular, el cuál había guardado con extrema velocidad en el bolsillo de mis pantalones cuando la bisabuela había aparecido en el jardín.

Pepino se le quedó mirando con la boca abierta. Yo se lo puse en las manos y éste lo tomó dándole vueltas en todos los sentidos.

….continuará….

Para ti, de

Federica Miross

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