El abuelo y yo, primera parte

¡Benjamín te estoy hablando!”… eso es lo que recuerdo que mi abuelo gritó antes de que todo comenzara.

Estaba jugando en la consola, mi abuelo quería que hiciera algo, no recuerdo qué exactamente, el chiste es que en seguida nos peleamos como pocas veces.

¡Abuelo si paro ahora voy a perder la batalla!”, le grité de vuelta a mi abuelo sin voltearlo a ver y sin dejar de apretar los botones en el control.

Estaba seguro de que sus ojos echaban chispas, siempre lo hacen cuando no se hacen las cosas que él quiere a la hora que él quiere, especialmente si yo estaba jugando en la consola o en mi celular.

Abuelo es que tú no entiendes lo importante que es que termine yo mi juego”, le intenté explicar una vez, pero nunca me pudo entender, es que es de otra generación.

El abuelo desesperado se paró frente al monitor, aunque le grité “¡Ey!” con toda la fuerza de mis pulmones, se dirigió hasta la conexión y desconectó todo, desde la consola hasta la televisión, con todos los demás aparatos conectados a ella.

Lo que siguió no te lo cuento, me da pena, le grité muchas cosas feas, subí a mi cuarto dando estampadas de rinoceronte enojado y azoté la puerta.

Mi abuelo recobró la cordura antes que yo, intentó hablar conmigo, yo no salí del enojo hasta que aconteció… bueno, lo que aconteció.

Debes saber que mi abuelo “me cuida” (yo ya tengo 12 años así que soy autosuficiente). Desde que era un bebé mi mamá, que tiene que trabajar, me dejó en las manos de mi abuelo.

Cuando era más pequeño nos divertíamos muchísimo. Siempre mi abuelo se inventaba juegos bien divertidos, hacíamos galletas o nos íbamos al parque a los juegos.

Cuando teníamos mucho tiempo, por ejemplo, los días feriados, nos íbamos de excursión en las bicis al bosque.

¿En qué momento comenzamos a pelear? Creo que fue cuando recibí mi primera consola. El no entendía, viene de la generación de las “antigüedades”.

Muchos de los juegos que me enseñó y me gustaban tanto jugar de chico, eran desconocidos para mis amigos.

¿Qué si hubiera querido que nuestra relación volviera a ser la de antes? Creo que vamos en buen camino, pero bueno, mejor te cuento ya.

El fin de semana de aquella catástrofe familiar, fue día de eclipse.

Cosas extraordinarias acontecen los días de eclipse”, dijo mi abuelo, repitiendo palabras tradicionalmente pasadas de boca en boca por las personas de la época de las “antigüedades”.

Cuando me dijo eso, yo giré mis ojos cuando me dio la espalda, ves, aún estaba muy enojado.

A los eclipses, como probablemente sabes, especialmente los de sol, no se les puede ver directo. Los de luna, realmente pienso que sí los puedes ver. Las razones que me han dado para no hacerlo, pienso son creencias, eso de que te pasarán enfermedades y las mujeres embarazadas no pueden verlos porque el bebé saldrá defectuoso, suena algo muy raro.

Los de sol, sin embargo, realmente te puede dañar los ojos, así que debes de verlo de manera indirecta con un espejo o un espejo de agua, por ejemplo.

Mi abuelo preparó todo para tener un evento inolvidable. Los eclipses de sol (este era de sol), son poco comunes, así que insistió que hiciéramos un evento especial.

Sacamos al patio el espejo de pie que había sido de mi bisabuela y lo giramos hasta quedar en posición para reflejar al sol.

La verdad mientras preparábamos todo, me sentí como si un poco de lo de antes volviera, pero obviamente, no se lo iba a decir a mi abuelo.

Extendimos una cobija en el piso, preparamos un pick-nick con sándwiches, aceitunas, pepinillos, ensalada de frutas, palitos de verduras, agua de limón y un pastel para rematar el banquete.

Además, mi abuelo había sacado un libro en el que se explicaba el fenómeno del eclipse solar y todas las leyendas que existen a su alrededor.

“… En el transcurso de la historia del hombre han existido muchas leyendas alrededor de los eclipses, especialmente el solar.”, leyó en voz alta.

De todos los mitos que se cuenta, especialmente espectacular es la creencia de que, al exponerse dos personas al eclipse solar, las personalidades son intercambiables…“, con las cejas bien en alto paró, primero se le quedó mirando al texto, volteándome a ver seguido, con cara exasperada. Los dos soltamos una carcajada que sacudió el espejo.

Continuamos riéndonos por un buen rato.

El abuelo sacudió la cabeza, agitando el libro y lo releyéndolo. Cuando logró controlar su risa dijo, “no puedo creer que un libro que se hace llamar científico, imprima algo así, pertenece más a una revista alarmista.

Terminamos nuestro almuerzo de muy buen humor, recogimos un poco y preparamos las cámaras, él su cámara manual (con todo y rollo), y yo mi celular para tomar fotos para mis redes.

Yo fui el primero en descubrir el fenómeno primero en el espejo, que se había movido un poco con nuestro ataque de risa.

¡Empieza abue!” le grité tan lleno de emoción como un chiquillo de 5 años.

“¡Ya vengo, corro a poner esto en la cocina!”, me gritó.

Yo tomé algunas fotos como selfies desde mi teléfono tirado en el piso, revisé las que más me gustaban y las guardé y las otras las deseché.

Después estuve probando hacer fotos del reflejo en el espejo, ¡Sentía una urgencia por voltear a ver hacia el cielo!

Escuché “clic, clic, clic” juntó a mi, el abuelo había vuelto y estaba tomando fotos sobre el espejo también.

En vez de verlo directamente a él, busqué su reflejo sobre el espejo, me quedé paralizado.

El reflejo a mi derecha, en el espejo a mi izquierda, no era mi abuelo, era un niño con pantalones cortos y camisa de lino blanca, quien sostenía la cámara.

Mi abuelo no se había dado cuenta, porque estaba tomándose selfies (aún no entiendo cómo le hace mi abuelo cuando no puede ver lo que está fotografiando).

A…a…abue…lo”, logré balbucear señalando y sin quitarle la mirada al niño en el espejo.

El abuelo levantó la mirada, apenas levantó las cejas y abrió la boca, nuestras miradas se cruzaron en el espejo y los dos volteamos a ver al eclipse en el cielo al mismo tiempo.

Al regresar la mirada hacia mi abuelo, a mi lado estaba el niño del espejo y su reflejo era mi abuelo.

Para ti, de

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