El abuelo y yo, segunda parte

Si quieres leer la primera parte aquí te pongo la liga El Abuelo y yo, primera parte

¡Ahhhhhhhhhhhh!”, gritamos mi abuelo y yo al mismo tiempo.

Mi abuelo giró sobre sí mismo, levantando las manos, jalándose el pantalón y la camisa, incrédulo me volteó a ver, “¿Qué aconteció?”, nuestros ojos volvieron a ver el cielo, el sol nos sonrió desde lo alto, el eclipse había pasado.

Pero… ¿Cómo?, se supone que el fenómeno dura varias horas, ¿Había transcurrido tanto tiempo?

Mis ojos comenzaron a escanear nuestro derredor. La cobija con los vestigios del banquete no estaba, los árboles del jardín eran diferentes, el jardín mismo era más pequeño.

Parecía que un cambio mayor había acontecido.

Voltee a ver al niño que era mi abuelo, no me estaba viendo a mí, tenía la mirada fija en algo que estaba atrás de mí.

Me giré para ver dónde tenía fija la mirada.

¡No puede ser!”, susurró mi abuelo, con los ojos fijos y llenos de lágrimas.

¡Ambrosio!”, se escuchó una voz femenina, “¿Dónde estás cariño?

¡oh, oh!”, dijo mi abuelo en voz baja.

¡Ambrosio!, ¿Qué hace mi espejo en el jardín?, ¿Qué estás haciendo?”, la mujer se dio cuenta de mi presencia, “¿Qué tal cariño?, ¿Amiguito nuevo de la escuela?

Durante todo ese cuestionario mi abuelo parecía petrificado

De pronto como que despertó, sonrió y salió corriendo hacia la mujer que había salido de la casa, que no era la casa donde vivíamos mi mamá, mi abuelo y yo…

¡Mamá!”, gritó con voz de niño mi abuelo echándosele en los brazos a la mujer.

¿Mamá?”, murmuré yo.

Mi amor, ¿Qué te pasó?, ¿Por qué lloras?” la mujer lo abrazó tiernamente y le acarició el pelo. Mi abuelo ambrosio se abrazaba de ella con tanta fuerza que debía dolerle.

¿Bisa?”, volví a murmurar y un “¡Oh Cielos!” se me salió. Sentí como todo se alejaba o giraba alrededor de mí, no podía creer lo que estábamos viviendo, tenía que ser un sueño.

ah, mmm…”, sonó desde dentro de mi abuelo, “..e…es…este es … mi ni…amigo Benjamín”, logró decir por fin.

¿Benjamín?, que nombre tan bonito y poco común”, dijo sonriendo mi abuela mientras me escaneaba de arriba abajo. “Vamos a meter mi espejo, ¿Me ayudan?”.

Entre los tres cargamos el espejo pesado y luego nos sentamos en la mesa amarilla calabaza en la cocina y la abuela nos sirvió un vasito con agua de horchata a cada uno.

Un cuestionario se dejó caer sobre mí. ¿Cómo es que las madres no pueden aceptar simplemente a un amigo sin querer saber cada detalle sobre él?

¿De dónde eres? ¿Qué hacen tus papás aquí? ¿Son políticos? ¿No usan camisas de dónde tu vienes, por qué tienes una camiseta puesta?“.

¡Mis zapatos! Causaron una sensación, no tienen agujetas, son de plástico, como tenis de vestir, pero con velcro.

¿Cómo nos salimos de esa? Aún, en verdad, no lo sé. Simplemente mi ropa era diferente a la que se ponían los chicos en aquel entonces.

Para que tengas una idea de la diferencia entre los vestuarios de los dos, mi abuelo tenía puesto unos botines de piel negros, mega delgaditos con unas agujetas a las que no les quedaba mucho para hacer el moñito después de darle la vuelta a cada agujerito.

Antes de salir de la cocina donde habíamos estado conversando, mi bisabuela se volteó y me dijo “Cariño ¿no crees que te verías más guapo aún si por lo menos te fajaras la camiseta?

Mi abuelo sonrió divertido.

El cuarto del abuelo estaba decorado muy sencillo, en comparación al mío; no tenía posters de ninjas o de su equipo de futbol en la pared.

Sus paredes eran blancas simplemente, tenía unos cuantos recortes de revista pegados en la pared a forma de poster. En un clavito sobre la cama estaba colgado un crucifijo, junto a la cama había una mesita de color rojo en la que mi abuelo tenía un despertador de cuerda, una biblia y el libro de Robinson Crusoe.

En otro clavito colgaba una red, como para atrapar mariposas y sobre éste había una caja en la que varios insectos estaban clavados con un alfiler.

La cama no tenía un colchón como los que tú y yo conocemos, era un saco, como una sábana cocida por todos lados y llena de algo que hacía bultos en ella.

Está rellena de hojas de maíz secas”, dijo mi abuelo-niño cuando vio que la estaba examinando, “mira acuéstate, hace un ruido realmente extraordinario”.

Mejor te presto ropa, vas a llamar mucho la atención”, dijo mi abuelo-niño desde una cómoda de la que sacaba pantalones cortos, calcetines y una camisa de lino. “¿Qué vamos a hacer con los zapatos? Yo sólo tengo un par y el de los domingos, mamá se va a enojar mucho si se maltratan”, continuó él masajeándose la barba, como lo hacía cuando se ponía a pensar.

¿Cómo vamos a volver a casa, abuelo?”, le pregunté en voz baja, “si volvemos a casa no tenemos que pensar en los zapatos

El abuelo-niño se sonrojó, bajó la mirada, “acabamos de llegar, podemos divertirnos un rato, mientras pensamos cómo volver”, le explicó a sus zapatos.

¡Tú estás feliz aquí!”, le grité mientras lo veía con los ojos abiertos como dos platos soperos.

!pshhh!”, hizo mi abuelo mientras se llevaba el dedo índice a los labios y con la otra mano me hacía gesto de que le bajara al volumen.

¿No es así?”, le pregunté.

Me dio mucho gusto volver a ver a mi mamá. Pienso mucho en ella, lo mucho que me hace falta, como junto a ella no había problema que no se pudiera resolver. ¿No es hermosa?

Pues sí…”, dije dudando un poco, A mi bisabuela no la había conocido, y ahora que mi abuelo lo mencionaba conocerla era una aventura increíble.  Mi abuelo y mi mamá hablaban maravillas de ella.

Está bien”, concedí con un suspiro, “mientras descubrimos como volver, vamos a conocer tu mundo”, dije como si mi abuelo viniera de un planeta aún no descubierto.

Vamos a buscar a Pepino”, él siempre tiene zapatos extras, para que te preste unos.

Así me emboté con los zapatos de domingo de mi abuelo y salimos a la calle, eso es, después de prometer que los iba a cuidar como a la niña de mis ojos.

Subimos colina arriba, muertos de calor llegamos hasta lo que desde abajo parecía la cumbre, pero realmente estábamos a mitad de la subida.

Mi abuelo se detuvo frente a un portón negro que parecía estar encajado en la banqueta para no caerse.

Nos abrió una muchacha, mi abuelo le preguntó a la muchacha si su amigo estaba en casa, ésta se giró comenzando a caminar hacia la casa, dejando la puerta abierta y gritando a todo pulmón “Peeeeeppiiiiiinnnooooooo”.

Mi abuelo y yo entramos cerrando la puerta por detrás de nosotros.

Pepino bajó como caballo en persecución, “¡Ambrosio, q’ubas?!”, dijo mientras saludaba a mi abuelo dándose un choque con el dedo índice de la mano derecha, girando la mano y haciendo una señal que parecía un saludo de cortesía que hacen los caballeros en la calle.

¿Podemos ir a tu cuarto?, tenemos un asunto importante que hablar contigo”, dijo mi abuelo susurrándole muy cerca de la cara, “Este es mi ni… nuevo amigo Benjamín”, pude percibir que mi abuelo vacilaba cuánto contarle a su amigo.

Sin decir más nada, con un gesto con la mano al girar nos indicó que lo siguiéramos. Pepino caminaba con seguridad, con las manos en puño y como se hubiera bajado de un caballo y llevara un bulto debajo de cada brazo.

El cuarto de Pepino era muy parecido al de mi abuelo. Estaba decorado de manera sencilla, excepto que aquí veías por ahí o por allá vestigios de otro tipo de vida. Pepino tenía una raqueta de tenis colgada en una esquina y tenía un closet en donde poner su ropa.

Pepino, tenemos un problemita, mi amigo Benjamín no tiene zapatos

Tiene unos puestos”, observó Pepino

Sí, pero esos no los puede usar, son mis zapatos de domingo y si mi mamá lo ve con ellos o los arruinamos, ya sabes…”, terminó pasándose el dedo de la mano derecha por el cuello, como si fuera un cuchillo.

Te presto zapatos sin problema, pero ¿eres muy pobre? ¿Te los robaron?”, inquirió Pepino. Era obvio que alguna explicación tendríamos que dar.

Pasaron unos segundos de silencio en el que la cabeza de mi abuelo y la mía trabajaron a todo lo que da.

… es que… vengo de un país en el que….. “, empecé la explicación

… las cosas funcionan diferente…”, continuó mi abuelo.

”, continué yo, “y mi abuela, digo la abuela de Ambrosio aquí, pensó que estaban un tanto extravagantes…

Exacto”, me quitó la palabra Ambrosio, “Entonces yo le presté ropa y tú los zapatos, por fa’”, concluyó.

¿Qué tenías puesto?, ¡Caray! Ya me dio curiosidad”, dijo por fin Pepino pasándome unos botines negros parecidos a los de mi abuelo.

Mientras me ponía mis zapatos, que me quedaban ligeramente grandes, los dos amigos me observaban, hasta que, por fin, “¿Qué hacemos?”, preguntó mi abuelo al cuarto en general

Vamos a pescar renacuajos”, dijo Pepino, mientras yo hacía una mueca de asco con los ojos.

¿No me digas que te da asco?”, preguntó Pepino déspota y ofendido.

No, para nada, es que me urge ir al baño”, dije yo inventando.

¡Ah!, en el jardín en la esquina, te acompaño por el perro

Mi abuelo me dio un empujón, “¿En el jardín?”, le pregunté sin hacer ruido a mi abuelo mientras seguíamos a Pepino.

continuará

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