El monstruo del mueble del comedor

Esta es la historia del monstruo que vivía en el mueble del comedor.

Al monstruo lo que más le gustaba eran las galletas, aunque no decía que no a una cajita de chocolates, porque sí, se lograba comer de un sentón toda la caja si lograba poner sus garras en ella.

No sabemos cuándo el monstruo se mudó a vivir en el mueble, pero desde que ahí habitaba, las delicias que mi mamá ahí escondía, desaparecían en cuestión de minutos.

La injusticia de la situación es que mi mamá pensaba que éramos nosotros los que vaciábamos las cajas y las latas de golosinas.

Pero mamá, es el monstruo que vive en el mueble”, le decíamos en tono de súplica, pero ella no nos creía.

Una vez hizo empanadas rellenas de queso y las puso en el mueble, cuando fue por ellas para la cena, encontró la lata abierta pero llena, sólo había una empanada mordida de un lado.

No tienen vergüenza”, nos dijo enojada, “ni siquiera se acaban lo que empiezan, se ve que esto no les gustó”.

A mí sí me gustan”, le dijo mi hermano Johan, “pero seguramente al monstruo no”.

Deja de decir mentiras”, simplemente le dijo mi mamá que de lo enojada que estaba mejor se fue para evitar decir algo de lo que se podía arrepentir después.

Desesperada mi mamá intentaba hablar con nosotros, cuando eso no funcionó comenzó a regañarnos, hasta llegó el punto en que comenzó a castigarnos.

Aún con todas esas tácticas, fuera lo que pusiera en el mueble del comedor, cuando ella iba a buscar las cosas, habían desaparecido.

Un día se enojó muchísimo porque tuvo que recibir a sus amigas al cafecito sin pastel o galletas.

Es indecente que se coman hasta la última morona y dejen la lata vacía en el mueble”, refunfuñó.

Johan y yo no entendíamos porque a mi mamá le costaba tanto trabajo creernos de la existencia del monstruo.

Los adultos simplemente se contradicen, primero quieren que uno les cuente todo y luego a uno no le creen. Por más que explicáramos y rogáramos mi mamá simplemente no nos creía y no conocía perdón.

Un día estaba tan enojada que nos puso a reponerle sus galletas, cosa que realmente disfrutamos mucho, porque entre otras cosas terminamos en una guerrita de masa. Siempre en Navidad hacemos una tonelada de galletas, así que el castigo realmente no estuvo tan duro.

Las voy a poner en el mueble del comedor, por favor”, rogó mi madre, “no se las coman de golpe”.

Pero mamá…

Nada de peros”, dijo firmemente.

Tanto trabajo para nada Felipe”, me dijo mi hermano en voz baja.

¿Sabes lo que pasó?, claro que lo sabes, tú sí me entiendes; cuando mi mamá fue a sacar la lata, la encontró vacía.

Mi madre se quedó petrificada, aún no se si de enojo o si realmente incredulidad. El caso es que decidida dejó de hacer galletas o pasteles, “a ver si así aprenden”, dijo.

Cuando tenía visitas iba a la pastelería y compraba lo que necesitaba. A veces a Johan y a mí nos compartía un pedacito cuando estaba con sus amigas, pero sólo así.

Un día estábamos haciendo tareas todos juntos en el comedor, cuando se escuchó el rugido de un estómago muerto de hambre. Johan y yo nos volteamos a ver con cara burlona, mientras mi madre decía “parece que alguien tiene antojo de pastel”, mientras nos volteaba a ver de reojo risueña.

¡Yo no fui!”, gritamos a coro Johan y yo

¡Claro que no!”, dijo sarcástica mi mamá, “¡Si fui yo!”, obviamente no nos creyó.

El monstruo tiene hambre porque no le has puesto galletas”, dijo Johan enojado, mi madre se quedó con los ojos muy abiertos, pero luego dijo moviendo la cabeza “el monstruo, el monstruo”.

Nos comentó mi mamá unos días después que estaba trapeando el comedor cuando escuchó un portazo, se volteó a ver si alguien había llegado, pero no había nadie a su alrededor. No hizo referencia alguna a que pudiera haber sido el monstruo enojado porque no había latas en su mueble.

El fin de semana antes de la Navidad estábamos invitados a pasarla en casa de mis primos, íbamos a estar con ellos todo el sábado, regresando el domingo para la hora del café.

Así, mi mamá decidió aprovechar de que los “comelones de galletas” no iban a estar para hacer un pastel delicioso para cuando volviéramos con mis primos y tíos. Obviamente pensó que la costa estaba libre, así que terminado el pastel lo guardó (¿ya sabes verdad?), en el mueble del comedor.

Al día siguiente llegó de sorpresa la vecina en la mañana, mi mamá decidió ofrecerle una rebanada de ese pastel con un cafecito.

Mi mamá salió de la cocina, donde estaban sentadas, y fue al comedor por el pastel, dejando a la vecina sola.

¡Noooooo!”, desde el comedor se escuchó el grito de sorpresa de mi madre, quien regresó segundos después con un plato vacío en las manos y los ojos grandes como platos.

Cuando regresamos, lo primero que mi mamá hizo fue abrazarnos. “Siento mucho que les eché la culpa de la desaparición de las galletas”, dijo con lágrimas en los ojos, “ya sé que no fueron ustedes”, dijo arrepentida.

No te preocupes mamá”, le dijo Johan mientras le acariciaba la cabeza.

¿Cómo sabes que no fuimos nosotros?”, le pregunté yo aún no tan listo a perdonarla.

Mientras saboreábamos un pastel delicioso que alcanzó a hacer cuando la vecina se fue a su casa, nos contó toda la historia de la desaparición del pastel.

Después de este acontecimiento volvimos a hacer galletas, pasteles y demás golosinas, no creas que no, simplemente ahora se reparten en dos latas, una con destino la alacena, donde mi madre sabe que las respetaremos (casi siempre) y, otra lata más pequeña se coloca en el mueble del comedor.

Tan tan

Feliz Navidad, te desea

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