La banca de la plaza

Como en todas las ciudades y pueblos de México, San Jacinto, aunque es un pueblo pequeño, tiene una plaza principal y en esa plaza hay una única banca.

A veces en mi cabeza empiezan a correr pensamientos, ¿Te ha pasado?, así sin ningún vínculo con cosas de mi día a día, de repente comienzo a darle vuelta a alguna nota te interés.

En esta ocasión fue sobre esa banca de san Jacinto, ¿Qué tantas cosas ha visto esa banca en toda su vida?

Son las tres de la tarde, Liliana está en clase de piano, su mamá la trajo al centro, en la plaza está su escuela de música. Obviamente su mamá no va a regresar a casa por 30 minutos, cuando el camino le toma por lo menos 10 en cada dirección.

Es un día muy bonito, así que decide sentarse en la banca, donde está sentada solamente una señora que tiene frente a ella estacionada su caminadora.

La mamá de Liliana es una persona prevenida, esta vez lleva su libreta y su lápiz para dibujar. Está aprendiendo a hacer bocetos y 30 minutos es una buena oportunidad para dibujar algo que esté a su alrededor.

Sin embargo, su vecina tiene otras intenciones para su tiempo. Ella vive en una casa de ancianos muy cerca de ahí y se siente siempre muy sola, tiene sed de compañía y con ella, de plática.

En la casa de ancianos hay muchos enfermeros y enfermeras que entran y salen de su cuarto, pero siempre corren muy ocupados, tienen poco tiempo para ponerse a conversar. Así que ella se siente muy sola y usa las oportunidades de sus paseos para probar su suerte, y ver si consigue un vecino en la banca con quien tener una plática.

Es muy bonito el día”, le dice a la mamá de Liliana que está sentada con la libreta abierta en una página blanca y el lápiz flojo entre los dedos mientras busca un objetivo para pintar.

Sí, es maravilloso. El sol hace que las cosas se vean más bellas”, le contesta a la señora sin dejar de buscar con los ojos algo que pueda pintar en ese corto tiempo.

Yo me siento todos los días aquí, siempre tengo la esperanza de platicar con alguien”, dijo la señora mirando de reojo a su vecina.

La mamá de Liliana voltea a mirar a la señora y se le llena el corazón de ternura. Deja su boceto y le pone toda su atención a la conversación.

Si vienes todos los días debes ver cosas muy interesantes”, le dice.

La gente camina con prisa, pocos tienen tiempo de conversar con otros pasantes. Ayer, por ejemplo, dos señoras se encontraron, dijeron que tenían mucho de no verse, aun así, sólo conversaron unos minutos porque tenían muchas cosas por hacer.

Cuando yo era niña todo el mundo se saludaba. ¿Sabes? Los hombres levantaban su sombrero, especialmente si se trataba de una dama que pasaba junto a él y las mujeres inclinaban la cabeza. Aunque la gente tenía mucho que hacer, al salir de sus casas se tomaban tiempo para saludar y conversar.

Así la mamá de Liliana continuó con la conversación hasta que Liliana salió de la clase, habiéndole regalado 30 minutos de su tiempo a una señora con sed de amistad.

Otro día, otra hora.

Una pareja se sentó en la banca. Estaban abrazados y se daban besitos a cada rato.

Deberíamos comprar una mesa pequeña para la cocina. Con eso podríamos estar más cómodos mientras juntamos dinero para otras cosas”, dijo ella.

Es una buena idea, así tenemos donde apoyarnos para cortar y preparar la comida, además de tener donde sentarnos”, meditó él.

También podemos recibir visitas de vez en cuando”, continuó ella con la meditación.

Aunque no van a poder ser muchos en la cocina pequeñita que tenemos

¿No te parece que parados cabríamos unas 10 personas en la cocina? O podemos comprar algunas almohadas y hacer picnic en el suelo del comedor”, concluyó ella.

Es una buena idea”, dijo él mientras la miraba y le daba un beso “mmua”.

Después de esa conversación ella se recargó en el hombro de él y así se quedaron callados observando realmente todo y nada, disfrutando del silencio de amor que se dan dos amantes cuanto recién están construyendo su castillo.

¿No crees que la banca suspiraría al tener una visita como estos dos enamorados?

En otra ocasión se sentaron dos niños. Cada uno traía una cajita con chicles y sacaron de sus bolsillos algunas monedas que comenzaron a contar.

10, 11, 12, 12.50… Nos fue medio mal hoy, es que no hay tanta gente como ayer, Vamos a repartirnos el dinero y los chicles que quedaron para que a los dos nos regañen igual”, dijo el que parecía más grande de los dos chicos.

¿Cuántos chicles te quedaron?”, preguntó el chiquitín mientras observaba la caja de su amigo, “a mí me quedaron más, no es justo que te vayan a regañar por mi culpa”, concluyó.

Me van a regañar de cualquier manera, siempre lo hacen, así que da lo mismo”.

¡Qué bueno eres!”, dijo el chiquitín mirando a su amigo.

Se repartieron las ganancias y los chicles en iguales cantidades y se fueron.

¡Cómo le gustaría a la banca que la vida fuera pareja para esos dos chiquitines siempre!

Les siguió un señor de mediana edad y regordete, se estaba acomodando en la banca cuando sonó su teléfono celular.

Hola…. Hola Manuel ¿Cómo estás?… A ver, dime… ¿No llegó el dinero a tiempo?…. ¿No vamos a poder tener la oficina?… ¡Caray! ¿Qué vamos a hacer ahora?”, dijo finalmente pasándose los dedos por el pelo.

Sí, voy directo a hablar con ellos”, dijo levantándose y partiendo.

Si la banca pudiera, le desearía mucha suerte.

También se ha sentado el globero, agotado de tanto estar parado y gritándole a los pasantes. Un ratito; sólo unos instantes antes de seguir la jornada.

La banca fiel le ofrece un respaldo.

En otra ocasión se sentaron unas monjitas que cansadas de subir y bajar se sentaron a disfrutar unas alegrías que se habían ganado con su trabajo.

Las comían despacito mientras conversaban de cosas santas.

También familias comiéndose helados se han sentado en la banca, conversando de esto o de aquello.

Muchas conversaciones sobre futbol se han tenido en esa banca, sería muy difícil de decidirse para una banca a que equipo apoyar, de tantos que se han discutido.

Antes del danzón de los sábados en la tarde, mientras los músicos entonan sus instrumentos, en la banca se sientan las damas todas perfumadas, haciendo changuitos para que alguien las saque a bailar.

En otras ocasiones se sientan varios muchachos en ella mientras se ríen de las personas que están bailando.

Parejas se han sentado en ella, él le suspira cosas bonitas en el oído, ella baja la mirada y se sonroja.

Los domingos, después de la misa, el espectáculo es especialmente bello. Las jóvenes se sientan en la banca, sobre los escalones del quiosco y en los maceteros de la plaza, mientras que los jóvenes dan vueltas sobre la plaza observando a las chicas, hasta que deciden ofrecerle una rosa que llevan en la mano a alguna de las chicas haciéndolas sonrojar, mientras que sus amigas exclaman “¡Uyyyy!” y los chicos le dan palmaditas al valiente y se ríen detrás de él.

Cada ciudad tiene su historia, que no está sólo en los eventos que podemos leer en los libros, sino en sus costumbres, su gente, que la llena de vida. La banca de San Jacinto guarda esa sabiduría.

Tan tan

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Créditos

La ilustración fué inspirada por la fotografía encontrada en Wikipedia de Santa Clara del Cobre, México.

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