La abuela Lilah

Esta era una vez una viejita, de la que no se podía adivinar su edad. Vivía en un pueblitito en una isla pequeñita en el mar mediterráneo (es un mar que en el mapa parece una laguna gigante que conecta Europa del sur con África).

Lilah se llamaba ella. Había vivido toda su vida en aquel pueblitito, en la misma calle y la misma casa.

Cuando Lilah era niña (¡increíble pensar que los viejitos fueron una vez niños!), en esa casa vivían sus bisabuelos, abuelos, padres, algunos tíos con sus hijos más una docena de gallinas y una cabra.

Casi un siglo después, ella era la bisabuela y en la casa aún había una docena de gallinas y varias cabras; también vivían muchas personas, la mayoría mujeres: sus hijas, nueras, nietas y dos bisnietos, una nena de 9 años y un nene de 4.

El cuerpo que a Lilah le servía de cascarón tenía más de 100,000 arrugas, su espíritu por el otro lado estaba tan lleno de energía que si la mirabas a los ojos eran tan brillantes como dos estrellas de oro; pensabas estar junto a una niña de 10 años.

Los hombres, sus hijos, nueros, cuñados y nietos, habían partido a “la ciudad” en tierra firme buscando la felicidad en el dinero con trabajos de jornadas largas y dolores de espalda.

Así, ella se había quedado a cargo de una casa repleta de mujeres y niños pequeños.

Cada mañana se levantaba con el sol, se daba unos cubetazos de agua fría en el baño improvisado en el jardín; se ponía su falda larga y cómoda, una blusa blanca de encajes, que ella misma había bordado, y se hacía una trenza blanca que le llegaba hasta por debajo de la cintura.

Ya vestida, se iba por leña a un espacio techado que había en el patio, regresaba con la carga a la cocina y prendía la estufa.

Me imagino que no has visto nunca una estufa de leña, se tardan siempre en calentar las parrillas y el mismo horno. Así, en lo que se calentaba, salía nuevamente al jardín equipada de una canasta con alimento a darle los buenos días a las gallinas y cabritas, que a cambio le regalaban huevos y leche. Iba haciendo sus faenas platicando con cada una de sus trabajadoras compañeras.

“Salía equipada de una canasta con alimento a darle los buenos días a las gallinas y cabritas…”

Al volver a la cocina se encontraba con la segunda tempranera de la casa, Agatha, que era su hija y abuela de esos dos nenes pequeñines. Agatha ya estaba entretenida en moler las semillas para hacer el pan.

Lilah y Agatha se saludaban como si no se hubieran visto desde hace mucho tiempo. Era una alegría volverse a ver, decir buenos días y comenzar intercambiando lo que habían soñado aquella noche. Si una no se acordaba de sus sueños lo celebraban, porque según ellas, quería decir “que habían podido dormir profundo”.

Lilah entonces comenzaba a preparar el desayuno.

La siguiente en llegar era Isadora, que era hija de Agatha y madre de los dos bisnietos. Se repetía el saludo como si hubiera transcurrido mucho tiempo desde la última vez que se vieron; y volvían a contarse otra vez los sueños con un gran nivel de detalle.

Isadora inmediatamente se instalaba al trabajo de preparar la leche. Hervía una parte para el desayuno y la otra para hacer queso.

Pronto llegaba Eleni, ella no era hija de ninguna de las mujeres, pero la esposa de Adonis, hijo de Agatha, que también había partido en busca de fortuna y dejado a su familia a cargo de su madre y su abuela.

Tanto a Lilah como a Agatha les daba mucha pena que esa mujer hubiera sido abandonada por su propio hijo (o nieto).

Finalmente hacían entrada a esa gran escena en los preparativos del día Yalena, recargada en un bastón de un lado y de Thais, su hija, del otro.

Yalena era la esposa de Urian, también hijo de Lilah, había fallecido hacía muchos años. Lilah queriéndola a ella y sus nietos mucho, le había pedido que se quedara con ella a vivir y eran muy felices tanto sus hijos como ellas.

Pronto después de la llegada de esas últimas mujeres, bajaban un torbellino de jóvenes desde los 20 hasta los 9 y el bisnieto de 4, muertos de hambre y corriendo porque, para variar, iban tarde a sus trabajos o escuelas.

Si tú entraras a esa cocina, que era el único cuarto amplio en la casa, era como entrar a una fiesta. Todos se abrazaban, besaban y contaban sus sueños, aventuras del día anterior y planes para el día nuevo.

Parecía una tormenta de arcoíris sobre una casa de barro. Con prisa brillaban los colores de cada uno de los habitantes de la casita y con esa misma prisa, desaparecían al salir todos a sus diversos destinos del día.

Una media hora después, en la cocina sólo se escuchaba la voz de Lilah y Anieli, el único varón en esa casa, que ni cuenta se habían dado cuando todas las demás habían salido por la puerta, sea al trabajo o a la escuela.

Al darse cuenta de que estaban solos, los dos se miraban con esa complicidad de dos traviesos pillos que se preparan a las aventuras del día.

Bueno había una tercera persona, Yalena, que por su condición no podía trabajar. Ella se sentaba en una silla en la terraza y hacía trabajos de aguja e hilo que después su nieta vendía entre sus conocidos.

Lilah contribuía a la economía familiar trabajando en la huerta, tejiendo, reparando y cocinando. A todo eso, con un poco de inventos y travesuras, le ayudaba Anieli, que era demasiado pequeño para ir a la escuela y ciertamente para trabajar.

Así, comenzaba la coreografía de todos los días. Anieli salía de un brinco de su silla, comenzaba a recoger la vajilla de la mesa y a limpiarla, juntando las moronas en el balde de los animales.

Mientras tanto, Lilah lavaba los trastes y los tendía a escurrir. Esto era una competencia, el primero que acabara con esas tareas podía escoger la siguiente actividad.

Es muy chistoso, Anieli siempre ganaba, “¡Te gané abuela!”, exclamaba bailando alrededor de ella, “¡Tienes que hacerlo más rápido mañana!”

Como cada mañana, el pícaro escoge ir primero a la huerta, sabe que pueden jugar a las escondidas mientras hacen la colecta de los diferentes frutos.

Lilah, después de buscar al chiquitín varias veces, lo retaba a ver quien colectaba más. Es hermoso ver esas dos piernas regordetas correr con una canasta de su mismo tamaño y comenzar a recoger desde tomates, duraznos, uvas hasta aceitunas.

Se reían mucho, comparaban las canastas, Anieli se comía un par de cosas de la canasta de su abuela, para ayudarla a decidir mejor quién ganaba.

Regresaban a la casa, después del arduo trabajo. Lilah escondía 3 frutas. Mientras ella guardaba todo lo colectado en su lugar, Anieli tenía el trabajo de encontrar las 3 frutas.

Cuando las encontraba, normalmente Lilah estaba lista, así salían a sentarse en la terraza junto a Yanela y cada uno recibía de las manitas pequeñitas una fruta que disfrutaban lentamente, mientras sus ojos se llenaban de la belleza del jardín y su piel se refrescaba con la brisa.

Ahora tocaba lavar la ropa. Lo hacían en un lavadero que se encontraba debajo del Olmo. Acarreaban la ropa, agua y una barra de jabón.

Lilah fregaba cada pieza tanto con fuerza como con delicadeza. Anieli se sentaba sobre el lavadero y su trabajo era echarle agua a la ropa, pasarle la siguiente pieza sucia, pasarle el jabón… ¡ah! y platicarle a su abuela lo que había visto en sus excursiones por las tardes.

Las golondinas abuela, vuelan muy ariba, solas o con muchas otlas. Parece que juegan a los atapados con el viento, po que se mueven como si no quisielan que las tocala, luego caen con el pico hacia abajo y las alas pegadas, tengo que celar los ojos pol que se va a pegar, cuando los ablo ya están volando otla vez”.

Al terminar de lavar la ropa la colgaban, no tenían un tendedero, sino usaban las ramas del Olmo. En días de mucho viento, Anieli le pasaba piedras a su abuela para que apachurara la ropa y no se fuera a escapar.

“¡Hola!”, se escuchaba desde la casa. Agatha volvía del mercado donde vendía la cosecha del día anterior y el queso fresco de cabra hecho en esta casa.

Ese saludo hacía de alarma para llamar a Lilah a comenzar el baile de hacer de comer para todas las que volverían muertas de hambre de sus labores.

Para Anieli todo era un juego, aunque no tenía que estar en la cocina con sus abuelas, a él le gustaba jugar junto a ellas, entonces les ayudaba limpiando frijoles, chícharos, partiendo huevos (te confieso que pasaba más tiempo recogiendo las cáscaras), desmoronando el queso o deshojando la lechuga.

A la edad de 4 ese chiquitín era experto en colectar frutas y verduras maduras; ya sabía partir huevos y batirlos hasta donde su energía le daba; y era a quien la abuela consultaba cuando se tenían que tomar decisiones domésticas.

Pronto se iba llenando la casa de voces, algunas alegres y otras no tanto. Aunque hablaban todas al mismo tiempo, cada una encontraba oídos en una madre, una tía, una abuela o en un niño de 4 años.

Disfrutaban esas comelonas juntas, con tiempo, mientras se contaban sus aventuras y los chismes del día.

Las chicas más jóvenes tenían la labor de levantar la cocina, las podías escuchar como golondrinas conversando en el aire.

Unos minutos más tarde, el silencio era absoluto en la casita. Todos se recostaban en hamacas, en sus recámaras o en el jardín sobre sábanas a tomar la siesta.

Anieli se acurrucaba con su madre, bien pegadito. Se contaban los detalles y las anécdotas del día.

Lilah se iba hasta su hamaca favorita bajo los árboles, donde recibía sombra y podía ver su casita, su jardín y dormirse admirando su trabajo y haciendo planes para el día siguiente.

Kara, la bisnieta de 9, se venía a veces a acurrucarse con su abuela (o más bien bisabuela) acariciándole su cabellera blanca.

Aprovechaban el poco tiempo que las dos tenían en el día para estar cerca la una de la otra. Cuando necesitaba la caja fuerte que su abuela llevaba en su corazón le contaba sus secretos, recibiendo a cambio palabras de aliento o abrazos fuertes.

Ese fue uno de esos días. Kara y Lilah estaban sentadas meciéndose en la hamaca bajo el Olmo. Kara le contaba algo extraordinario que había vivido en el muelle después de la escuela.

En la lancha que venía de la ciudad se veían muchos hombres que volvían. Algunos habían divisado al encallar a mujeres que conocían, les llamaban por su nombre, bajando de un salto de la lancha y corriendo a abrazarlas, dándoles un beso en la boca y las mujeres lloraban, aunque Kara no podía ver si de gusto o de tristeza.

Algunas de sus amigas fueron presentadas a sus padres que las abrazaban y levantaban por los aires.

Se veía como una foto completa abuela. Nunca me había yo dado cuenta de que estaba incompleta, pero falta un pedazo en el círculo de nuestra casa, ¿Verdad abuela?”.

Lilah sabía perfectamente lo que faltaba en la foto de su casita. Al mismo tiempo vivía en una paz que por muchos años no había tenido que defender, le gustaba mucho su libertad y la de sus hijas, nietas.

En tiempo en que los hombres hacían el trabajo de la cosecha, las mujeres se dedicaban a la casa, a sus hijos y a cocer, que no era malo en sí, pero la opinión de las mujeres no era bienvenida; no podían trabajar y si mal les iba, hasta les tocaba un esposo malhumorado, como fue el caso de Agatha. Lilah le había tenido que entregar su tesoro a un hombre que no la quería como ella se lo merecía, después de todo el amor que ella le había dado.

Después de la siesta, las más grandes iban por sus canastas de bordado y se sentaban en la terraza a bordar, remendar y cocer, ya sea ropa, cortinas o manteles. Las más jóvenes se dedicaban a sus tareas y luego a sus deberes de la casa que iban desde barrer, sacudir, doblar la ropa lavada o sacar los quesos.

Luego se unían al grupo en la terraza que les daban algo para continuar su aprendizaje de costura.

A esa hora se hablaba de cosas en general. Cada una podía dar su punto de vista, todas eran escuchadas con respeto. No eran temas del alma, más bien prácticos. Hoy el tema eran los hombres de la lancha.

Aetos se ve mucho más viejo y Pedro perdió un ojo”, contó Isadora.

Gelasia va a tener que cuidarse, no sea que no quiera trabajar más”, comentó Agatha, mientras intercambiaba una mirada de preocupación con Yalena.

Todos los hombres se veían muy sucios”, comentó Rhea, “¡Sí! y muy maltratados”, le daba la razón Thais.

Ya cuando se acercó la hora de preparar la cena, se quedaron Agatha, Yalena y Lilah sentadas disfrutando de la brisa. Las jóvenes se iban a explorar la isla llevándose a Anieli. Las no tan jóvenes tomaban posesión del baile de la cocina.

Solas las abuelas planeaban, resolvían, decidían lo que se tuviera que planear, resolver o decidir por el bien de la familia.

Hoy el tema, ya sabes ¿verdad?, la embarcación, del porqué ninguno de sus hombres venían en ella y si en caso de que alguno llegara, tenían que ser muy firmes, porque esta era ahora su casa, ellas eran las matriarcas.

La cena estaba puesta sobre la mesa y como si todos los colores del arcoíris fueran atraídos por su olor, la tormenta de voces volvía a la cocina.

Después de cenar, Lilah se llevaba a Anieli y Kara hasta el desfiladero donde se sentaban a ver la puesta del sol. Era un momento mágico y el favorito de los tres.

Al volver a casa se comían unos dulces ricos de miel y leche de cabra que Isadora hacía, sólo de pensar en ellos se me llena la boca de agua. Pronto después se iban a dormir.

Cuando en la casa reinaba el silencio las abuelas y algunas de las mujeres mayores se quedaban en la cocina platicando.

Ese día estaban sentadas así platicando y preguntándole a las abuelas su opinión sobre la embarcación, cuando por la puerta entró un hombre alto con pelo grisáceo.

Un silencio lo recibió, de pronto se paró Agatha gritando con lágrimas en los ojos “¡Adonis!, ¡Mi Adonis!” y se echó a los brazos del hombre. El aparecido fue llenado de besos y abrazos de todas las mujeres presentes. Eleni venía saliendo del cuarto de las niñas cuando vió a su esposo y se le echó en los brazos.

Le sirvieron té y dulces y se sentaron de vuelta en la mesa. Las tres abuelas comenzaron como buitres a su presa a llenarlo de preguntas. “Dónde has estado?”,¿Por qué has vuelto?”, “¿A dónde fuiste después de bajarte del barco?”, bueno te puedes dar una idea.

Adonis había llegado con la embarcación. Se habían tenido que organizar entre todos para llevar a Deo a su casa, venía muy herido y vivía del otro lado de la isla. Ahí en su casa, Deo les pidió que se quedaran, se sentía extraño, fuera de lugar.

Después de varios tragos, los había dejado irse a casa. Obviamente tenían que cruzar la isla a pie para volver todos a sus casas.

El trabajo en la gran ciudad era en las minas de carbón. Había “agentes” esperando por ellos en el momento que desembarcaban en el muelle. Los convencía con promesas de recompensas y buena vida, se los llevaban hasta las minas donde el capataz les recibía y mandaba con una bolsa de dormir y un casco hacía la panza de la tierra y no volvían a subir.

Ahora habían vuelto porque Deo y Zale se habían herido y tenían que volver. Todos los hombres de la isla en ese grupo, espantados por el accidente y la mala vida por tanto tiempo, querían volver. Los capataces no tuvieron otra opción que dejarlos ir.

Los hombres de los otros grupos seguían en las minas; sacándole provecho a su fuerza y salud. De alguna manera creían que iban a estar siempre sanos, los accidentes eran para “otros”.

Adonis había visto cosas que lo habían hecho meditar, además extrañaba su vida en la isla. Así, el segundo hombre de la casita, intentó instalarse.

A Lilah le daba por un lado mucha alegría tener a su nieto de vuelta. Aunque continuaba decidida a seguir siendo la cabeza de la casa.

Adonis inmediatamente comenzó a querer coordinar y hacer cambios. A las primas les intentó prohibir trabajar fuera de casa.

A la hora de las comidas entraba con los zapatos sucios y se sentaba en la mesa, esperando a ser servido.

Estaba comenzando, sin consultarlo con Lilah, a hacer cambios en la huerta. Veía a las abuelas haciendo sus trabajos duros y aún les empezaba a hacer la lista de todo lo que estaban haciendo mal.

Las abuelas sabían que era cuestión de tiempo y paciencia. Yalena sufría mucho porque ella no podía ayudar; la ponía de muy mal humor ver a su sobrino dándole órdenes a su abuela y a su madre.

Eleni estaba por un lado feliz, pero también estaba confundida. Se mantuvo calladita durante ese tiempo, como si estuviera intentando decidir su papel en esa nueva situación.

Dos semanas después de su llegada, Adonis estaba sentado en la mesa esperando su comida, dando gritos cada vez más fuertes por muchas cosas insignificantes; claro está que él también buscaba su papel en esa casa; usaba su memoria de la vida anterior a irse a la gran ciudad y de alguna manera, él se sintió la cabeza de la familia, por ser hombre.

Estas eternas dos semanas, Lilah, Agatha y Yalena, le hablaban despacio, con calma, respeto, pero firmes. Contradecían sus órdenes, daban libertades, no permitían que comenzara a amedrentar la economía familiar y la libertad de la familia que tantísimos años había funcionado.

Finalmente, un día no pudo controlar más su frustración de la resistencia de las abuelas. Azotando las manos sobre la mesa se puso de pie tirando la silla sobre la que estaba sentado y gritando con todo el aire en sus pulmones, “¡Yo mando aquí, soy el hombre de la casa!”

Las tres abuelas sin perder la calma, pero muy firmes, agarraron sartén, silla o cualquier cosa que tuvieran a su lado y estaba preparándose para la batalla que amenazaba con venir.

Anieli se paró con todo su pequeño cuerpo sobre la mesa, le llegaba hasta el cuello a Adonis, sus ojos parecían dos estrellas fugaces de la energía que irradiaban.

Con toda su fuerza y las manitas hechas puños le gritó de vuelta a la cara a su tío: “¡Yo soy el hombre de esta casa! ¡Para de gritar!”.

…”¡Para de gritar!”….

Se hizo un silencio absoluto.

Los dos hombres se miraban a los ojos, las mujeres miraban a Anieli; Lilah inmediatamente se paró junto al niño tomándole por los hombros, preparándose para rescatarlo.

No fue necesario el rescate.

Para sorpresa de todos Adonis echó la cabeza hacia atrás y comenzó a reírse. Se rió tanto que sus ojos lloraban. Tomó al chiquillo en un abrazo fuerte que fue correspondido, Adonis se reía y lloraba todos esos años de pena y de falta de amor.

Sintiendo los pequeños brazos de ese angelito alrededor de su cuello, las lágrimas limpiaron sus pulmones del carbón, su corazón se llenó de la ternura que el niño le regalaba y su cabeza finalmente se dio cuenta de cuál ridícula había sido su actitud. Esas mujeres tenían una comunidad hermosa y el hogar florecía, no necesitaban un hombre, necesitaban un compañero y la verdad, él las necesitaba más a ellas.

Todas las mujeres con ojos lagrimosos se abrazaron a los dos. Finalmente, Adonis soltó al nene y abrazó a Lilah, que alguna vez había sido su confidente como lo era de Anieli ahora. Se dejó llevar por ese amor de madre, abuela y bisabuela.

Cuando se soltaron, Lilah le puso sus dos manos arrugadas y raspadas del trabajo sobre sus mejillas, “Bienvenido a tu nuevo hogar mi amor, aquí la felicidad te ha estado esperando, se cruzaron en el mar, cuando ibas en camino a la ciudad”.

Agatha se acercó besando y abrazando a su hijo. Isadora también se acercó, en sus manos tenía un plato, aceitunas, queso, sal, pimienta y aceite de oliva, cosas que le puso en la mesa enfrente a Adonis, “Ahora Anieli te va a enseñar a hacer una ensalada”.

Anieli fue guiando a su tío en las tareas de la casa. Adonis lograba más con su fuerza, a veces más rápido que las mujeres, tenía una prisa por más. Lilah lo tomaba del brazo y le decía “disfruta cada minuto de tu vida y de los que están junto a ti”, con esas palabras, Anieli decía “¡A ver quién llega primero al Olmo!” y se echaba a correr. Adonis muerto de risa, se echaba a correr atrás del chiquillo; eso, era lo único que la abuela Lilah ya no podía hacer, echar a correr.

Adonis fue la primera e importante semilla en esa isla en medio del mar Mediterráneo, que se convirtió en una sociedad pacífica donde tanto mujeres y hombres se distribuían las faenas, las tareas de la casa y disfrutaban todas las bendiciones que poseían.

Esa isla es famosa porque viven los hombres, mujeres, niños y niñas más felices de todo el mundo.

Sentados a la orilla del barranco, Anieli le da un apretón a la mano de Lilah, “¿Abuela, por qué lloras?”
“Por esa puesta de sol mi amor”, le contesta ella, “mira como se va metiendo el sol en el mar y levanta sus brazos poderosos y nos deja su amor como diciendo <no te apures, pasa lo que pase mañana te vuelvo a ver>”.
Anieli absorbe ese pensamiento, “¿A dónde va el sol, abuela?”
A visitar a tu abuelo Anieli
“¡Ah! Y tu quisieras ir también con él”, Lilah mira a los ojos de su nieto regresándole el apretón de manos.
Aún no cariño. ¡Te tengo a ti!. He vivido tantos años sin él que su falta aún no me duele tanto”.

tan, tan

Para tí, de Federica Miross

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