¡Quiero una bicicleta!

Yolanda estaba parada en la entrada de su casa recibiendo a todas sus invitadas, entre ellas estaba Mirella.

Mirella era una niña tímida y estudiosa. Observaba más de lo que hablaba. En este caso veía a todas las otras chicas que iban llegando, lo que llevaban puesto, el tamaño de los regalos que traían.

No lo hacía por maldad, sino porque normalmente ella no traía nada de esas cosas.

En eso llegó Citlali en su bicicleta. Mirella se le quedó viendo con los ojos abiertos como dos platos y la boca entreabierta.

Yolanda y Citlali vivían en una cerrada donde no podían entrar autos sin que les abrieran las puertas de la entrada principal. Eso hacía el lugar donde vivían más seguro que el resto de la ciudad.

Mirella no sabía andar en bicicleta, pero desde donde ella estaba, se veía muy sencillo.

Llegando a su casa, Mirella no paraba de hablar de la bicicleta. “Es azul mamá y tiene unas flores muy lindas en una cestita que lleva enfrente”.

Mamá, ¿Puedo pedir una bicicleta para mi cumpleaños?”, preguntó finalmente Mirella con la voz lo más baja que pudo y los ojos mirando sus manos.

¡Ay, Mirella, bien que sabes que no podemos pagar algo tan caro como una bicicleta!”, exclamó su madre con tono de angustia.

Mirella encajó la mirada en sus pies y una lágrima le rodo por la mejilla, no tanto por la bicicleta como por el tono de su madre.

Su mamá la miró y se apenó por su tono. “Lo siento Mirella. Lo que ganamos papá y yo a penas nos alcanza para lo básico”, le explicó más tranquila y triste, ¡Cómo quisiera ella poder comprarles muchas cosas a sus hijos!

Mirella estuvo triste muchos días, por primera vez conocía lo que era la envidia, ¡Citlali no sabía lo bien que le iba al tenerlo todo!!

Mirella, ¿Me ayudas con mi tarea de mate?”, le preguntó un día Yolanda.

¡Claro!”, contestó Mirella a la que las matemáticas se le daban muy bien y con mucho gusto ayudaba a su amiga. Al final Yolanda le entendió mejor a Mirella que a la maestra, Mirella brillaba de alegría.

Ya en casa, Mirella le contó a su hermana mayor lo que había pasado en la escuela, “Tú eres muy aplicada”, empezó a decirle su hermana, “¿Por qué no das clase a los que no entienden tan bien y rápido como tú? Así, te puedes ganar un dinerito y tal vez juntar para comprarte tu bicicleta”.

A Mirella la idea le pareció buena, sin embargo, era muy tímida, buscar estudiantes le iba a costar trabajo.

Decidió empezar con Yolanda, “¿Te gustó como te expliqué las ecuaciones el otro día?”, le preguntó a su amiga con la cara roja como tomate.

¡Sí!, muchas gracias. A ti si te entendí”, dijo su amiga.

¿Me pagarías si te diera clase?”, preguntó Mirella, con la cara aún más roja y las palabras atropelladas.

mmm, es buena idea. Tal vez mi hermana también necesite clases. Le voy a contar a mi mamá y te aviso”, prometió Yolanda.

Así, Mirella comenzó cobrando por sus clases. Comenzó con Yolanda y su hermanita Elvira. Pero pronto la voz comenzó a correr de que era buena maestra.

De pronto, sus recreos y sus tardes se iban en dar clases. No creas que descuidó sus estudios, al contrario, acomodaba todo en el día para tener tiempo para sus tareas, así como para sus “alumnos”.

Comenzó a juntar su dinerito, su mamá se lo guardaba. Después de 6 meses ya tenía casi la mitad de lo que necesitaba para comprarse su bicicleta, brincaba de contenta.

La maestra se dio cuenta de lo que pasaba y quiso ayudar a Mirella. Le permitió tanto en los recreos como en las tardes usar el salón de clases.

Eso le permitió a Mirella tener un lugar donde encontrar a sus compañeros y no tener que andarse moviendo de casa en casa, así como también le permitió agarrar el pecero que ella conocía para regresar a su casa.

Todos los días tenía compañeros a los que explicarles. A veces, ella misma tenía que repasar el tema que sus compañeros no entendían. Lo hacía con gusto, no sólo porque era su fuente de ingresos, pero también porque le divertía mucho entretenerse con las matemáticas.

Un día, al regresar a casa se encontró a su mamá muy preocupada y agitada, “Luis está muy mal, no tengo nada para el doctor”.

Mirella bajó la mirada y después decidida la levantó y le dijo a su mamá, “Toma dinero de lo mío para que Luis pueda ir al doctor”.

Mirella, pero eso son tus ahorros”, dijo la madre con lágrimas en los ojos.

Ni modo, Luis es más importante que una bicicleta”, decidió Mirella. La madre se abalanzó sobre ella y la llenó de besos.

Luis tenía una bacteria. El doctor sabiendo que eran pobres, le cobró poquito a la mamá de Mirella, pero las medicinas tuvieron que ser pagadas en la totalidad de su precio.

Mirella estaba confundida. Por un lado, estaba triste por no poder comprar su bicicleta, y saber que ahora se tardaría más. Pero por el otro lado, estaba feliz por que su hermano estaba mejor y, la verdad, estaba orgullosa de saber que había podido ayudar a su mamá.

La maestra Graciela se enteró de lo sucedido, “¡Qué bien tienes tus prioridades en tu corazón, Mirella!”, le dijo, “ayudar a tu familia seguro te llenó de orgullo, saber que pusiste un granito de arena para ayudar a tu hermano y a tu madre”. Mirella la quería mucho y por eso sus palabras le llenaron los ojos de estrellas y la ayudaron a poner en su lugar sus sentimientos.

Mirella continuó dando clases a sus compañeros, nunca se compró la bicicleta que tanto deseaba, seguro sabes porqué, así es, Mirella decidió ayudar en su casa. Sin embargo, aprendió a ahorrar, no todo el dinero que ganaba se lo gastaba en cosas para la casa o para la escuela, siempre tenía un guardadito para el futuro. Así un día, cuando terminara la escuela, tendría algo con que continuar sus estudios.

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Para ti, de

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