Los juguetes de la abuela

¡Abuela!”, gritaron las dos niñas mientras se abalanzaban en los brazos abiertos de la que las esperaba.

¿Cómo están mis nietas consentidas?”, preguntó la abuela con su mirada llena de cariño.

¡Mira abuela!, mi muñeca Frida vino conmigo a visitarte”, dijo Marta

¿Cómo estás Frida?, Pásale, vamos a tomarnos un chocolatito”.

¡Yo también quiero chocolatito!” dijo María José, la pequeñita de las nietas.

¡Vamos todas!”, dijo la abuela guiando a las niñas por la casa, se veía como una patita con sus patitos siguiéndola, “Hice unas galletitas con chispitas de chocolate que quiero me digan si están sabrosas”.

La abuela ya tenía puesta la mesa, sólo le faltaba terminar el chocolate. Se puso a derretirlo en la leche mientras platicaba con las niñas

¿Cómo les ha ido en la escuela?”, quiso saber.

Es muy aburrida abuela, tienes que quedare sentado escuchando a los maestros decir cosa que no nos interesan”, dijo Marta en tono de señora grande.

¡Ah!, la escuela es donde ves a tus amigos”, dijo la abuela.

Pero el recreo sólo alcanza para jugar poquito”, razonó la pequeña Marta.

¡Eso sí!”, concedió la abuela.

El chocolate estaba en la mesa, “¿Quieres que le pongamos un lugar a Frida?”.

No, ella puede comer de mi plato”, contestó Marta.

Así, se sentaron las tres a tomar chocolate y a probar las galletas que la abuela había horneado.

Después limpiaron la mesa las tres juntas y se disponían a ponerse a jugar palillos chinos cuando sonó el teléfono.

Es su tía Ángeles”, dijo la abuela tapando el auricular con la mano. Cuando la abuela hablaba con cualquiera de sus hijos por teléfono se tardaba mucho.

Las niñas decidieron jugar a las escondidas mientras esperaban.

El departamento de la abuela era pequeño. Contaba con una pequeña cocina, una salita con comedor y dos cuartos para dormir, ¡ah! y un baño, por supuesto.

Marta buscaba a María José y no la encontraba, en eso escuchó ruido, venía desde el cuarto de visitas. Al abrir el closet se encontró a María José sentadita en el piso explorando el contenido de una caja que tenía frente a ella.

¿Qué encontraste?”, le preguntó Marta a su hermana agachándose para estar al mismo nivel que la caja.

Son juguetes”, dijo la chiquita con los ojos brillantes.

Nunca he visto juguetes como estos”, dijo Marta.

Es que cuando yo era niña no había juguetes como los que ustedes tienen”, dijo una voz por encima de ellas.

¡Miren!, les muestro”, dijo la abuela agachándose a recoger la caja y llevándosela hasta la cama, donde las tres se acomodaron.

¡Está es una olla de barro!”, dijo sorprendida María José, “las mías son de metal como las de mi mamá”.

Cuando yo era pequeñita se usaban sólo las ollas de barro sobre la lumbre viva de una estufa de leña. ¿Se pueden imaginar que se tenía que colectar leña para prender la estufa?”.

Las dos niñas miraban a la abuela con ojos grandes. “Ahora las estufas son de gas, no se tiene que sufrir en prender la leña”, continúo la abuela.

Mi abuela me regaló tres ollitas, ésta es una de ellas, además de una cuchara de madera y una canasta para por der cargar mis cosas. Yo las llevaba para todos lados.

Un día, después de catecismo mis hermanas y yo fuimos hasta el arroyo a jugar. Ellas jugaban gallinita ciega; yo puse mis ollas sobre una piedra y cociné. Le iba a dar de comer a mi muñeca, ¡Mïrala, aquí está!”, dijo sacando algo que parecía un trapo viejo con pelos de zacate, “pero no quiso comer, yo estaba furiosa. Tanto había yo trabajado en colectar flores, hojas y demás para hacerle una gran merienda y ella no quería comer.

Enojadísima me fui al arroyo a lavar mis ollas, cuando de pronto perdí el equilibrio y me encontré cabeza abajo en el agua.

Mis hermanas morían de risa, pero me sacaron del arroyo. Yo me quedé congelada con la boca abierta, viendo como se reían de mí

¿Lloraste?”, quiso saber María José.

Si no lo hice cuando estaba en el arroyo, lo hice cuando mi mamá me vio. Me puso una regañiza”, recordó la abuela muy seria.

¿Qué es esto?”, preguntó Marta sacando un objeto que parecía una montaña de madera, sólo que era perfectamente circular.

Eso es un trompo”, contestó la abuela mientras tocaba el trompo con el dedo índice, “Ese no era mío, las niñas no podíamos jugar al trompo en aquel entonces, era un juego de niños, ése fue de mi primo Arturo”.

Marta y María José miraban al trompo buscándole un botón, no entendían como se jugaba un objeto así.

Le falta una cuerda”, dijo la abuela tomando el trompo y levantándose a buscar en un cajón del closet, “aquí hay una que puede funcionar”.

La abuela pacientemente enrolló la cuerda alrededor del trompo, las niñas la observaban con atención. Cuando terminó, tomó el trompo con una mano y con la otra le dio un jalón a la cuerda. El trompo cobró vida, cayó en el piso y daba vueltas y vueltas hasta que se cayó de lado por la falta de fuerza.

¡Wow!”, gritaron las dos niñas emocionadas.

Con más energía, las niñas desviaron su atención hacia la caja, a lo mejor encontraban más juguetes interesantes.

A la abuela le brillaban los ojos. Parecía que con sus relatos se perdía entre sus recuerdos.

¡Esto es un balero!, mi mamá tiene uno colgado en la casa”, exclamó Marta emocionada.

Sí lo es, y ¿Sabes cómo se juega?

Creo que agarras el palito y la bola tiene que entrar en él”.

¡Exacto!”, dijo la abuela, “Este balero tiene una historia muy especial, ¿la quieren oír?”, las niñas asintieron con la cabeza.

Mi primo Ramiro competía en el recreo al bolero con sus amigos. Era tan bueno, no era el mejor, pero quería serlo.

Después de hacer sus tareas, se le veía en el jardín de su casa con el balero duro y dale, muy concentrado.

Ramiro era mi primo favorito y yo quería tanto que fuera el mejor.

Cuando nos veíamos, que era casi a diario, mi muñeca y yo nos sentábamos a verlo practicar con su balero.

“’Tienes que mover la muñeca de la mano como haciendo un círculo perfecto y entonces entra’, me explicaba. A veces me dejaba intentarlo y me corregía.

Un día en la kermés, se organizó un torneo de baleros, ‘Vas a competir, ¿Verdad?’, le pregunté a mi primo.

’No estoy seguro, aún no soy el mejor en la escuela, varios de mis compañeros son mejores que yo’, me dijo inseguro.

“’Para mí tu eres el mejor’, le dije yo. Quería tanto que ganara.

Al fin Ramiro se convenció y la competencia comenzó.

“Primero eran unos quince niños. Tenían que ensartar la bola en el palito diez veces para pasar a la siguiente ronda.

Después, los que quedaron tenían que ensartar la bola quince veces. Así, continuaron las rondas, incrementando la cantidad de veces que tenían que acertar para poder continuar en la competición.

Al final quedaron Ramiro y José Miguel, un niño que había sido campeón todo el mes en la escuela.

Los que veíamos la competencia, contábamos en voz alta, exclamando cuando no acertaba ‘¡Uno, dos, tres, ¡Ahhh!, cuatro…. Veintitrés, ¡Ahhh!, veinticuatro, ¡Veinticinco!’

Felicidades” dijo el juez.

“El turno fue de Ramiro, yo hice changuitos con las dos manos para traerle suerte y comencé a contar con los demás, ‘uno, dos, tres, cuatro…. once, ¡Ahhh!, doce, trece… veintiuno, veintidós… veintisiete, veintiocho, ¡Veintinueve!

’El ganador es Ramiro’, gritó el juez.

Ramiro fue levantado en el aire, no podía dejar de sonreír.

No me acuerdo qué había de premio, pero su mayor premio fue ser el campeón de balero del pueblo.

Cuando por fin llegó hasta donde yo estaba, con la sonrisa de oreja a oreja, me dijo ‘Ten, ahora te toca a ti’ y con eso me regaló su balero.

Yo nunca fui buena, pero entrenábamos juntos y siempre nos unió este juguete.”

Y Ramiro volvió a ganar muchas veces?”, preguntó Marta

A veces sí, a veces no, pero para él su sueño se había cumplido en esa kermés

“Abuela, ¿Extrañas ser niña?”, preguntó María José

A veces pienso que no he dejado de ser una”.

Tan tan

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