El niño en el cohete

Esta es la historia de un niño como tú y como yo, que vivió la aventura más extraordinaria que mi pequeño público se pueda imaginar.

Este niño se llamaba Toño y vivía en California.

A Toño le fascinaba (eso es que le gustaba muchísimo) todo lo del espacio. Todas las noches se salía a escondidas de su cama y se ponía a contemplar las estrellas desde su ventana. Los días en que tenía permiso de quedarse despierto un poco más, subía a la azotea de su casa, donde tenía un colchón y ahí se acostaba a ver las estrellas e intentar encontrar todas las constelaciones.

Se puede decir que era un experto para su edad. Su primo Alex en verdad era un experto, sabía de constelaciones, de planetas, sus tamaños, su tipo, a cuánta distancia de la tierra o del sol estaban, etcétera.

Alex pasaba mucho tiempo con Toño, explicándole. A veces se sentaban a leer los libros que Alex traía y a contemplar todos los misterios de los planetas y del espacio a su alrededor.

El sueño tanto de Alex como de Toño era viajar en una nave espacial hasta los planetas más remotos y poner un pie en alguno o varios de esos planetas.

Un día fueron a visitar las instalaciones de la NASA como turistas. Los dos caminaba tras el guía de turistas apreciando cada instrumento, cada sala, cada espacio que les mostraran. Se subieron al simulador de nave espacial soñados.

No fueron sólo una vez de visita, sino que en los días de vacaciones se le pegaban al grupo de turistas, hasta que conocieron el tour como a su propia mano.

Un día el papá de Toño los invitó a visitar el museo de tecnología. ¡Qué sueño! En ese museo tienen guardadas las naves aéreas más fascinantes de la historia.

Alex y Toño hicieron todas las filas que tenían que hacer para subirse a cada una de las cabinas de esas aeronaves.

Toño ya estaba muy cansado. Alex le dijo que se acostara un ratito, mientras él esperaba a su turno en una de esas filas.

Toño se acurrucó donde pudo y se durmió de inmediato.

El silencio lo despertó, estaba acurrucado atrás del asiento del piloto en el piso. “Alex”, dijo en voz baja, el silencio le contestó.

Entraba una luz tenue por las ventanas de la cabina. Desde ahí podía ver el piso del museo donde estaban las naves espaciales, había unas luces prendidas, pero no parecía haber nadie más.

Adelante Explorer”, se escuchó en el radio, Toño se le quedó mirando a la bocina con el corazón palpitándole a ritmo de tambores africanos.

Adelante Explorer”, repitió la voz en la bocina.

Toño, despacio encontró un botón verde, el cual apretó y dijo “Adelante”.

¿Preparados para despegar?”, preguntó la voz

¡¿Para despegar?!”, exclamó Toño alarmado, sin apretar el botón.

Comienza conteo en 10 minutos”, continuó la voz.

De repente la nave comenzó a vibrar, Toño miró a su alrededor alarmado. Temblando se sentó en el asiento del piloto y se amarró el cinturón de seguridad, que le quedaba enorme.

Preparando propulsión, favor de apretar botón de encendido”, instruyó la voz.

Toño se le quedó mirando al botón indicado, pero no hizo nada.

Favor de apretar botón de encendido”, volvió a instruir la voz.

Toño apretó el botón rojo y se agarró de la orilla de su asiento tan duro, que sus manos se pusieron blancas de la presión. La nave comenzó a vibrar con más fuerza. Un ruido ensordecedor se dejó escuchar, como una licuadora, pero 1000 veces más ruidosa.

De pronto vio hacia el techo del bodegón, se estaba abriendo lentamente dejando a las estrellas mirar asombradas al niño en el cohete.

¡Buen viaje Explorer!”, gritó la voz en la bocina.

Con un estruendo comenzó a despegar la nave del piso, hasta la ventana llegaba el humo que dejaba escapar la nave al despegar.

Comenzó a subir y subir, mientras lo hacía todo vibraba con tal fuerza, “Así se debe sentir la ropa dentro de la lavadora”, pensó Toño en voz alta.

Poco a poco, Toño podía ver el tejado de los edificios a su alrededor y así mismo de rápido desaparecieron, seguía elevándose, estaba ahora pasando por las nubes.

Pronto comenzó a oscurecer, entre más se alejaba de las luces de la ciudad, más oscuro era todo. Ahora pudo ver que el mundo era redondo, en el horizonte podía ver una línea de luz que parecía el brillo de un tesoro enorme.

Continuó subiendo y pronto la tierra comenzó a quedarse atrás. Primero todo era oscuridad, podía ver las estrellas brillando a lo lejos, pero el azul era tan intenso como cuando se va la luz en la ciudad entera.

Poco a poco comenzó a aparecer frente a él una parte de una bola plateada enorme, era la superficie de la luna que cada vez se acercaba más y más.

¡Toño!”, gritó otra voz por la bocina, “¿Estás ahí?”.

Toño retiró su mirada de la hermosura que le ofrecía la luna, apretó el botón verde y preguntó “¿Alex?”.

Toño si estás ahí, tienes que volver”, le urgió la voz.

De pronto, todo se detuvo. El motor no se escuchaba más, no había movimiento fuera de la nave, era como si todo se hubiera congelado.

Con un jalón, la nave comenzó a descender, de reversa, primero muy despacio, pero fue agarrando fuerza hasta que bajaba con una velocidad atroz.

Toño se agarraba de su asiento, mientras que por la ventana podía ver como la luna se alejaba.

La nave giró de manera que podía ver el hermoso globo azul que era la tierra, desafortunadamente, acercándose rápidamente.

A Toño no se le ocurría que hacer, veía la tierra acercase cada vez más y más, sabía que iba a chocar.

¡Toño!”, le gritaba la voz de Alex por la bocina.

Comenzó a pasar las nubes, los edificios, se iba a estampar contra el piso del museo, del cual podía ver el techo abierto esperando a que el cohete regresara.

En su desesperación jaló una manija que parecía un freno de mano… ¡Se soltó! La tenía en la mano entera y el cohete seguía a toda velocidad.

Miró con mucho miedo por la ventana, le quedaban sólo segundos…

¡Ahhhhh!”, se sentó Toño de golpe gritando a todo pulmón.

Toño no te podía despertar, es nuestro turno”, le dijo Alex con una sonrisa en los labios.

Con los ojos abiertos como platos, Toño se levantó despacio del piso donde estaba acurrucado y siguió a Alex hasta la entrada de la nave, donde todos lo miraban. Sintió algo dentro de su bolsillo, metió la mano y sacó el objeto: era la manija que había jalado para frenar el golpe.

Tan, tan

para tí, de

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