La brujita que perdió el caldero

Un especial de Halloween

Esta era una vez una brujita que vivía muy lejos de la ciudad, cuando necesitaba ingredientes debía hacer una travesía al pueblo más cercano (o eso le parecía a ella).

¡Cómo le molestaba tener que encontrarse con otras personas! No se diga tener que conversar con ellas, ¡Brujas o no brujas!

Las personas le asustaban mucho. El tener que llegar a un puesto del mercado de hierbas, sonreír y decir “buenos días”, era un martirio para ella.

Si ella lo pudiera hacer diferente, llegaría al puesto, señalaría lo que necesitaba y con los dedos indicaría uno, dos o tres kilos.

Si ella lo pudiera hacer diferente, llegaría al puesto, señalaría lo que necesitaba y con los dedos indicaría uno, dos o tres kilos; siempre compraba mucho de los ingredientes, era su estrategia para no tener que volver al mercado hasta dentro de varias semanas o meses.

Se ponía tan nerviosa cuando había otras personas a su alrededor, que le acontecían un montón de tropiezos; se le caía esto o aquello, se iba de los puestos olvidando su monedero o lo que había comprado.

Sufría mucho en especial cuando se encontraba con la brujita alegre. ¡Ah cómo era ruidosa! Llegaba queriendo abrazarla, darle 2 besos en cada mejilla como era lo propio por esos lugares y luego la cuestionaba de todo, hasta de qué color traía los chones hoy.

Un día se levantó dispuesta a probar nuevamente una poción para quitar las canas del pelo que estaba inventando y la cual, aún no le salía como ella quería.

Por ahora, las canas se tornaban de muchos colores, cosa que no le molestaba, pero su abuela le repetía que quería una poción “para quitarme el pelo blanco y no llamar más la atención con el pelo coloreado como si fuera arcoíris”, ya sabes cómo son las abuelas, bueno la de la brujita es así.

Al comenzar a colocar sus ingredientes sobre la mesa de trabajo, descubrió alarmada “¡No tengo raíz de pino torcido!”, puso sus manos sobre su cabeza apachurrando su sombrero puntiagudo, queriendo echarse a llorar.

Después de un par de horas de pensar, pensar, pensar y decidir que no había otra solución, enérgica y decidida a confrontar su situación, se puso de pie de la silla donde había caído en su desespero.

Revisó su almacén de ingredientes, “venas de chipotle, tengo aún suficiente…. Uñas de sapo en engorda, uff me faltan, un kilo…“, murmuró mientras anotaba en un papel su lista de compras para no tener que volver hasta la siguiente luna llena, “seda de araña silkhenge… tengo, …. Arañas saltadoras, necesito…”, así siguió por un rato más hasta llegar al caldero…

En él había una parte de la poción que tenía que quedarse a fermentar 10 semanas… debo explicar que la cuestión de pociones nuevas es ultrasecreta, para ella dejar esa parte de la poción a vista de cualquier otra bruja que quisiera entrar a su casa, era incómodo e impensable.

En el mundo de las brujas no hay candados o cerraduras en la puerta.

Con un suspiro tomó su varita mágica y su libro de encantos básicos.

Primero le hizo el encanto abscondere para que nadie la pudiera ver, después le hizo el encanto leviarius para que se hiciera más ligera y por lo tanto fácil de cargar .

La brujita se echó por los hombros su bolsa para guardar sus pertenencias y salió cargando su caldero. ¿Te puedes imaginar que chistosa se veía? El caldero no se podía ver, pero ella lo llevaba bajo el brazo como si fuera una pelota gigante.

“Debí hacerlo pequeño”, entró la brujita al pueblo refunfuñando, “Pero me dio cosa alterar demasiado la poción guardada en él”.

Logró hacer un par de compras sin mucho sacrificio de su parte. En algunos puestos simplemente podía ella escoger lo que quería llevar y dárselo a la mercante para hacerle la cuenta. Tuvo que decir “Buenos días”, “Gracias”, “Hasta luego” muchas veces, demasiadas veces para su gusto, pero realmente no necesitaba demasiado esfuerzo.

¡Comadre!” Se escuchó como un trueno desde el otro lado del mercado, era la brujita alegre que la había localizado (ni siquiera eran comadres, pensó la brujita).

Tan rápido como la luz viaja, la brujita se encontró frente a ella, que quería darle un gran abrazo, pero siendo limitada por la extraña posición de su víctima, se obligó a preguntar, eso sí, sin dejar de sonreir sonrisa, “Pero, ¡Qué extraño caminas!, ¿Qué pasa?”.

¡Ah! Esto no es nada, simplemente tomé una poción que me inmovilizó el brazo…”, contestó la pobre brujita teniendo que usar demasiadas palabras.

El otro día me pasó a mí”, conversó la brujita alegre, “Aposté a masticar una hoja de Zumaque, ya sabes ese juego de “a que no te atreves”, ¡Uy! Tuve que correr a mi casa a tomarme una dosis de panticis para evitar que se me volviera el estómago en piedra”, contando alegremente sus peripecias.

La brujita cada vez estaba más incómoda, no tanto por el caldero, sino por tanto relato que la hacía querer correr. Con una gota de sudor se sentó en una piedra que estaba ahí, mientras la otra le seguía contando aventuras.

Fíjate que tengo muchos problemas con eso del juego de “a que no te atreves” y la brujita payasita se la vive inventando nuevas ideas a las que me tengo que atrever… si dejo de sonreír me dice ‘Yo sabía, es demasiado para ti’ y esas palabras me hacen contestarle ‘¡Nada es demasiado para mí!’, ¿Ves? No puedo dejar de apostar con ella. Un día me va a mandar a la tumba”, continuó atacándose de risa al final de su relato, como si no pudiera creer que algo tan divertido existiera.

Mmmm…mmee… tennngo… qque irr…”, dijo la brujita levantándose y partiendo a continuar sus compras. La brujita alegre la siguió por todo el mercado. Cuando por fin la brujita anunció que volvía a su casa, la otra brujita la abrazó y le dio tres besos en cada mejilla…

¡Pobre brujita! Volvió tan cansada a su casa, atareada, distraída, molesta. Lo primero que hizo fue sentarse en su silla favorita frente a su casa con una taza de té de Tila bien cargado.

Logró calmarse y se propuso a continuar con su poción, ahora que tenía todo lo que necesitaba… “¡Aaaaaaaaahhhh!” se escuchó por todo el bosque espantando a todos los pajaritos que estaban descansando en los árboles vecinos. “¿Dónde está mi calderooooooo?”, la brujita se rascó la cabeza, tratándose de acordar que había hecho.

Tú si sabes que pasó ¿Verdad?

¡Ah! La pobre brujita había estado tan espantada con la conversación de la brujita alegre que perdió completamente la cabeza.

Ninguna de las dos se dio cuenta de que su brazo ya no estaba en esa posición incómoda mientras hacían compras.

A la brujita se le llenaron los ojos de lágrimas al darse cuenta de que tenía que volver siguiendo sus pasos para encontrar el caldero transparente.

Arrastrando los pies y el alma con ellos, la brujita entró al pueblo. La gente del mercado estaba ya empacando sus puestos.

La brujita desesperada vio hacia todos los lados, pero ya sabes, el caldero era transparente. Caminando como si fuera una momia y de repente bajándose como queriendo colectar flores inexistentes, la brujita se hizo camino.

Varios minutos estuvo buscando de esa forma, desesperada, lo bueno es que nadie quiso hacerle plática, todos la veían como si se hubiera tomado una poción layqa que te aboba, y no estuviera en sus sentidos. Algunos suponían que había aceptado jugar “a que no te atreves”, con la brujita payasita.

Finalmente se sentó muy triste sobre una piedra, con las manos sobre la cara, se estaba dando por vencida…

¡Ay!”, se escuchó a alguien exclamar del otro lado, seguido por un “clonc” y un “paraplum”… la brujita abrió los ojos y vio a lo lejos a un brujito tirado de boca y las piernas aparentemente al aire.

Se echó a correr con una sonrisa en la boca, el miedo como por arte de magia desapareció. La brujita quitó el caldero transparente por debajo del brujo y lo ayudó a levantarse.

Con muchos, “lo siento” y “espero que estés bien” y “gracias, gracias”, la brujita se echó a correr con los brazos abrazando la pelota de aire hacia su casa con una sonrisa de lado a lado.

Bienvenida sonrisa, tenía mucho de no sentirte; tu presencia es como una cuchara de miel en el paladar, tiene una vara mágica que barre al miedo lejos de tu alma”.

Tan tan

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