La pequeña Beth y el Hada

La pequeña Beth estaba un día jugando en el jardín, estaba haciendo pasteles de arena para su tiendita.

La pequeña Beth vive literalmente atrás de un bosque, o el bosque está atrás de su casa; yo diría que desde el punto de vista ‘el bosque llegó primero y la casa después’: la casa está atrás del bosque.

Los vecinos “de atrás” de la pequeña Beth y su familia, son ardillas, ratones, algunas martas, venados, zorras y dos halcones.

La mamá de la pequeña Beth no estaba muy lejos, por eso de los adultos que inmediatamente piensan escandalizados “¡Cómo una nena sola!”, estaba en la cocina, haciendo lo que las mamás hacen dentro de ella, siempre un misterio.

La pequeña Beth trabajaba duro haciendo sus pasteles. Cuando uno no tomaba la forma que ella quería, daba un zapatazo con la pierna derecha y las manos sobre las caderas, muy molesta, sacudía el platito hasta quitarle toda la arena y lo volvía a intentar.

Cuando lograba hacer una creación de la cual estaba muy orgullosa, corría hacia la cocina y levantaba el platito con su obra bajo la nariz de su madre.

Su mamá era una crítica muy apreciable, le hacia comentarios como “¡Muy bien que se ve!” o “¡mmm… se ve muy sabroso!”.

Hoy fue uno de esos días en los que una creación le había ganado muchos elogios de la crítica pastelera de la cocina, así que estaba intentando replicar su obra muy concentrada cuando se escucharon una serie de ruidos…

¡mh, mh, mh, mh!”, se escuchó, seguido de “flap, flap, flap” y “plum”.

La chiquita dejó el molde aún lleno de arena sobre el platito, se irguió poniendo atención.

¡mh, mh, mh, mh!”… “flap, flap, flap”…. “plum“, se volvió a escuchar.

Distinguió que el sonido venía del otro lado de la reja del jardín, del bosque.

Caminó despacio hacia la reja, intentando no hacer mucho ruido al pisar las hojas caídas; después se agachó y gateó por debajo de los rododendros que tapaban la reja. Sus ojos escanearon el piso, mientras sus oídos le iban indicando de dónde provenían los sonidos.

¡mh, mh, mh, mh”, se volvió a escuchar, seguido de “flap, flap, flap” y “plum”. La pequeña Beth dio por fin con lo que parecía una mariposa junto a un roble.

¡Era hermosísisima! Sus alas eran de un azul tan oscuro como la noche, parecía brillar como si tuviera una luz encima. En las alas tenía manchas azul verdosas, blancas y azul tan claro como el cielo. Parecían como un manto regalado por la noche misma.

El cuerpo, sin embargo, no era peludo con antenas y patititas chiquitinas como una mariposa, sino parecía un niño con pelos azules despeinados.

Una de las alas del niño-mariposa estaba doblada.

¡mh, mh, mh, mh!”… el niño-mariposa se concentraba y hacía un esfuerzo por mover sus alas, “flap, flap, flap“, lograba levantarse del piso un poquito y… “plum”, volvía a caer sobre el tapete de hojas junto al árbol.

El niño-mariposa se ponía de pie nuevamente con la frente arrugada, los ojos semi cerrados, se sacudía el polvo como un gato al que le cae agua encima, se ponía de frente al roble, mirando hasta la rama más cercana, que para él era como ir de tu casa a la escuela, si ésta se encuentra lo cerca suficiente para verla, pero requiere que camines mucho hasta ella.

Con los puños cerrados, doblaba las piernas, volviéndose a concentrar en su proyecto de llegar a la siguiente rama.

¡mh, mh, mh, mh!”… “flap, flap, flap“… „plum“…

La pequeña Beth se acercó al chicho y con sus ojos negros grandes viendo la cabeza entera del niño-mariposa, le preguntó “¿Qué te pasó?, ¿Porqué no puedes volar?”.

El niño-mariposa… ¿Cómo?…. ¿Qué es un hada?…. ¿Estás seguro?…

¡Estoy impresionada con lo mucho que tú sabes!

Entonces, el hada levantó la mirada, dio unos pasos atrás para poder ver los dos ojos de la nena al mismo tiempo, sin cambiar sus gestos dijo con voz clara “Fue ese gato”, mientras señalaba la casa vecina de la pequeña Beth.

Sí, la pequeña Beth sabía perfectamente de que gato se trataba.

Era un gato pardo mimado que se divertía persiguiendo a las ardillas por igual que a los ratones, y por visto a las hadas también.

La mamá de la pequeña Beth lo espantaba cuando lo veía persiguiendo pajaritos y así.

¡Te puedo ayudar!”, dijo la nena, bajando sin más la mano al piso con la palma extendida hacia arriba, insinuándole a subir a ella.

El hada sabía que, si continuaba sus intentos de volar, se cansaría aún más de lo que ya estaba. Llegar a pie hasta su hadírio (eso es donde viven las hadas), le tomaría muchos días y eso si otros animales, como las martas, no se lo comían antes.

Subió a la mano de la nena sin vacilar, pero dudando sinceramente si la nena lo podía ayudar.

La pequeña Beth caminó con cuidado hacia su casa. Las manos las llevaba como quien lleva una vela prendida y no quiere que se apague, para resguardar al hada del viento.

Al entrar a la cocina la encontró vacía, su mamá estaba en el baño haciendo mucho ruido, sonaba como si lo estuviera alijando… Siempre ese misterio de qué las madres hacen durante su tiempo libre.

La nena bajó suavemente al hada sobre la mesa, corrió a buscar un trapo limpio y lo dobló muchas veces y se lo ofreció a modo de sillón a su nuevo amigo.

Se sentó frente a él y lo vio con sus ojos bondadosos y una sonrisa tímida, “¿Te duele mucho?”, le preguntó.

No, sólo un poquito”, contestó el hada.

¿Necesitas algo?”, continúo el interrogatorio la nena

¡Sí!, necesita agua para beber”, dijo una voz atrás de la nena.

Parado en la puerta del jardín estaba el abuelito de la nena; la había visto entrar con las manos protectoras y un gran amor irradiándole, que le dio curiosidad.

“¡Abuelo!”, gritó la nena llena de sorpresa y amor.

¿Me puedes ver?”, le preguntó el hada sorprendido.

¡Claro!”, respondió el abuelo simplemente, “Beth, ve por un dedal de tu mama, ¿Sabes qué es?, eso que se pone en el dedo cuando cose para no pincharse”, le explicó a la nena mientras le acariciaba la cabellera tiernamente.

La pequeña Beth se echó a correr y volvió con el dedal como una estrella fugaz. El abuelo lo tomó, lavó bien, le agrego 5 gotas de agua (es todo lo que cabe en un dedal) y se lo puso enfrente al hada, tapándolo completamente, era para el hada como una gran cubeta.

El hada, mientras tomaba el agua, agradecido no le quitaba la vista al abuelo. “¿Cómo es posible que me puedas ver?” , le preguntó después de tomar un trago grande, “los humanos crecidos no nos pueden ver”.

Ha sido mi secreto por mucho tiempo, la pequeña Beth será la primera en saber.

¿Conoces a Avelina?”, el hada asintió, “ella y yo somos muy buenos amigos. Nos hemos querido y ayudado toda la vida.

¿Tú sabes por qué los adultos o hombres crecidos, no pueden ver a las hadas?”, continuó el abuelo, tanto la pequeña Beth como el hada negaron con la cabeza.

Porque nos hemos alejado demasiado de nuestra inocencia, de nuestro niño. Yo aprendí a quedarme cerca de mi niño, gracias a Avelina.

Ella me ha enseñado el valor de amar sin esperar, lo maravilloso que es creer todo lo que vemos y nos dicen. Creer que todas las personas tienen buenas intenciones”, les contó el viejito.

Amar, en pocas palabras, como un niño”, concluyó el hada.

El abuelo les demostró que sabe más de hadas que una simple emoción. Con un poco de azúcar, agua y limón hizo una pasta que le indicó a Beth colorarle en el ala al hada, después le dijo que le diera un beso a la herida y se fueran a jugar.

Lo primero que hizo Beth fue limpiar el cuarto y tender la cama de los niños de su casita de muñecas. Su nuevo amigo se instaló muy contento de tener un lugar de su tamaño donde dormir.

En ese momento entró la mamá al cuarto, la pequeña Beth le pidió que le leyera un cuento a su amigo que estaba muy enfermo. Ya ves, las madres tienen su propia magia, pero no pueden ver hadas.

Pero ella sabe que los niños pueden tener amigos imaginario, así que asumió que eso es lo que acontecía.

Cuando el papá de la pequeña Beth volvió a casa y ella le contó de su hada, al papá se le iluminó la cara y levantando a su nena por el aire, giraron de felicidad.

Él había visto, cuando era pequeño, como su padre hablaba con una mariposa amarilla con rojo, bellísima, ahora sabía que eran hadas, aunque no las podía ver, al cabo él no fue enseñado como su padre.

Tres días y sus noches se quedó el hada a vivir en la casita de muñecas de la pequeña Beth. En esos tres días el abuelo le cambió la pasta todos los días, antes de cada alimento y todas esas veces, le ordenó a la pequeña Beth darle un beso a la herida.

La pequeña Beth y su nuevo amigo rieron, gritaron, se escondieron, jugaron a las carreritas. En una de esas competencias entre niña y hada, sin darse cuenta las alas comenzaron a moverse y lo levantaron con mucha ligereza por el jardín y por fin, le pudo ganar a la nena la carrera.

Al volar la medicina del abuelo se disolvió en mil pedacitos que parecía polvos de estrella al caerle en la cabecita a la pequeña Beth.

Estaba curado, podía partir rumbo al hadírio.

La pequeña Beth le prestó su mano para aterrizar. Se vieron intensamente en silencio por unos minutos.

Dame un nombre”, le pidió el hada, “así, a partir de ahora nos amaremos y cuidaremos para siempre

La nena cerró un instante los ojos, al abrirlos tenía muchas ganas de reírse de lo contenta que estaba “¿Te gusta Riyad?”.

Riyad… soy Riyad… ¡Sí!

Riyad se levantó por el aire, voló hasta la nariz de la nena donde le plantó un beso, revoloteó sobre su cabeza como bendiciéndola y voló hacia el bosque. La pequeña Beth lo siguió hasta la reja, donde su abuelo la abrazó.

A partir de ese día Riyad y la pequeña Beth serían los mejores amigos y vivirían muchas aventuras juntos.

tan tan

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