El rey que montaba un pony

Esta era una vez un rey que tenía una hijita, la princesita, obviamente.

El sueño más grande de la princesita era tener su propio caballo y aprender a montarlo. Soñaba en hacer viajes de exploración por los bosques y praderas del reino, buscando flores y persiguiendo liebres y zorros.

El rey, que era muy generoso y podía darse lujos, mandó a traer un caballo desde la provincia de Camargue, para él mismo, y un pony para la princesa.

Él se imaginaba así mismo montado en su caballo blanco y andando a su lado, la princesita en su Pony.

Se imaginaba andando por los poblados de su reino, saludando a sus súbditos con la mano levantada desde las alturas de su caballo; los súbditos lo saludaban con pañuelos desde las ventanas, la calle, y hasta trepados en los árboles, echando fanfarrias y por supuesto, llenos de admiración.

Para completar su imagen soñada de jinete real, el rey mandó a hacer una chaqueta café claro, con su respectivo chaleco, obviamente los botones eran de oro con el emblema de la familia real; pantalones café oscuro, botines de cuero del mismo color y las espuelas también de oro, gravadas con el emblema real, obvio.

Claro está que la princesa recibió un vestido especial para ocasiones ecuestres y otro para ocasiones festivas (para visitar las calles de los pueblos a su lado).

No podían faltarles una fusta, un sombrero de ala ancha, camisas blancas como marca la etiqueta y su propia montura.

El rey se sentía ya jinete al probarse sus ropas.

El primer día de clase de montar a caballo, el maestro ecuestre, el mismo que adiestra los caballos de la caballería del rey, se dispuso a mostrarles cómo montar a un caballo, como primer paso.

La princesita con mucha gracia se sujeta con la mano izquierda del cuerno de la montura y la derecha del borrén trasero, pone un pie en el estribo y se jala con toda su fuerza logrando sentarse sobre su pony de ladito, eso es con las dos piernas del mismo lado, como dicta la etiqueta que las damas deben montar.

Mira al rey con los ojos brillantes, la carita roja y una sonrisa de lado a lado. El rey le aplaude y le suelta dos o tres “Bravos”.

El rey segurísimo de sí mismo, al cabo parecía muy fácil para la princesita, se acerca a su caballo Camargués, se agarra con la mano derecha del cuerno y… el caballo camina hacia enfrente varios pasos, el rey tiene que trotar junto a él, hasta que el caballo se queda por fin parado.

Sin duda alguna aún, el rey lo intenta otra vez.

Pone una mano sobre el cuerno, el pie dentro del estribo y… el caballo, con más fuerza aún vuelve a echar andar, el rey se queda pegado como una bailarina haciendo Split, con un pie en el suelo y el otro en el estribo, pero finalmente cae al piso con un tremendo “purrumpumpún”.

El maestro ecuestre corre a ayudar al rey a pararse, tengo que admirar que su excelencia no pierde la compostura y todavía le despliega una sonrisa a sus súbditos presentes, diciéndoles que no ha sido nada.

Un poco menos seguro que antes, el rey intenta subirse al caballo, nuevamente.

Esta vez el maestro detiene por las riendas al caballo (el rey ha contado muchas veces después de este acontecimiento, que el caballo se estaba riendo de él).

El rey pone una mano sobre el cuerno, otra mano sobre el borrén trasero, un pie en el estribo, alcanza a empujarse hasta quedar de pie en el estribo y… el caballo echa las piernas delanteras para el cielo, el maestro pierde las riendas y ¿el rey?….  “purrumpumpún”, cae de nuevo.

El rey no quiere subir más.

La princesa le ruega y le ruega y le vuelve a rogar con lágrimas en los ojos hasta que éste accede finalmente a los caprichos de la pequeña.

Uno de los asistentes del maestro ecuestre se para junto al rey para darle un empujón a ver si se puede subir más rápido.

El rey una vez más, coloca una mano en el cuerno, otra en el borrén trasero, sube un pie al estribo, se logra empujar a quedar de pie y… el caballo relincha, se para rápido en las patas traseras, sacudiéndose a todos los ayudantes del rey y sale disparado con el rey parado con un pie en el estribo y sujetándose como puede, atrás de ellos corren todos los ayudantes.

La princesa se para sobre los estribos de su pony viendo espantada aquel espectáculo.

El caballo, que sabe que trae a su jinete haciendo trucos de charro a su lado, zigzaguea, hasta que “porromponpón”, cae el rey otra vez en el piso.

El rey no quiere montar más. La princesa llora y llora, no le funciona y logra alterar al rey.

El rey acalorado de enojo de tanta ofensa, le dice a la princesa que por qué no lo intenta ella, si tanto quiere que alguien se suba al caballo Camargués.

La princesa de pronto se da una sacudida, está enojadísima con la actitud del rey y le apuesta al rey que si ella logra subirse al caballo grande, él tiene que montar al pony y hacer el resto de la clase en él.

El rey se ataca de risa, divertido le dice a la princesa que vale la apuesta, y continúa riéndose a carcajadas. Lo único que logra hacer es decirle al maestro ecuestre que mande a poner heno por todo el piso, para que la princesa no caiga duro.

La princesita, debes saber, sabe jugar su papel muy bien de princesita mimada, dentro de ella, sin embargo, hay una señorita que sabe exactamente lo que quiere y no para hasta lograr sus objetivos, cosa que el rey sabe perfectamente, pero olvidó en este momento.

La princesita se baja muy elegante de su pony sin ayuda, camina hasta el caballo Camargués, se para de frente a él, la cabeza le llega apenas a la nariz de éste.

Niña y caballo se miran unos minutos… el caballo baja la cabeza olisqueando a la pequeña, ésta lo agarra por la cabeza con las dos manos cariñosa, le pone la frente encima del hocico y le dice en secreto, que lo quiere mucho, va a ser su caballo y que por favor, por favor, no la tire.

El caballo resopla resignado.

La princesita camina alrededor hasta quedar cerca de las espuelas del caballo, obviamente no llega a ellas con el pie.

Sin desanimarse, le indica a uno de los ayudantes del maestro ecuestre que se acerque y le ponga las manos en forma de estribillo, ella pone su pie derecho entre las manos y le dice al ayunte que la empuje hacia arriba.

La princesita pone todo su cuerpo duro como si fuera una tabla, el ayudante del maestro la levanta con facilidad hasta que su pie derecho, que está libre, llega al estribo, la princesita lo coloca en él y se empuja con toda su fuerza agarrándose de la montura, cruza la pierna y se sienta en el lomo del caballo que mueve la cabeza inquieto, pero no hace más.

La princesita está roja como tomate de la cara, con los ojos echando chispas voltea a ver a todos los hombres que están viéndola con la boca abierta. La princesita con las riendas logra que el caballo gire hacia la izquierda para velos a todos a los ojos.

Con voz de altanera le dice a su padre que ahora él tiene que cumplir su palabra. Al rey no le queda otra opción, lo intenta, te lo aseguro, pero no la princesita no libera a su padre de la apuesta.

¿Podrá el rey montar al pony?

El rey pone una mano sobre el cuerno, se inclina hacia abajo, ya que el caballito le queda muy pequeño y cruza la pierna del otro lado. El pony voltea a ver al rey sorprendido y ofendido, el rey pesa mucho para él, esta vez se lo perdona, pero sólo esta vez.

¿Te imaginas la escena, la princesita sentada muy elegante sobre aquel caballote y el rey sentado sobre un caballito?

El rey puede poner los dos pies sobre la tierra y si quisiera hasta caminar con el caballo entre sus piernas.

Cuando coloca los pies en el estribo casi le llegan las rodillas a las orejas.

Tuvo que aguantarse toda una clase en esa penosa posición. No sólo los ayudantes del maestro ecuestre lo vieron, sino todos aquellos a los que pasaban durante esa tortuosa clase de montar a caballo.

El rey desde ese día decidió no reírse nunca más de la princesita y tener mucho cuidado con lo que apostaba con ella.

El caballo Camargués nunca permitió que el rey lo montara, era de la princesita. La princesita aprendió a montar en él y el pony trotaba a su lado como si fuera un cachorro.

El rey compró su propio caballo, aprendió a montar, pero no a subirse. Mandó a hacer una escalerita especial para montar, en color café oscuro (su favorito) con el emblema real estampado en el último escalón.

La princesa se convirtió en una gran jinete. Nunca se sentó de lado, como le pedía la etiqueta. Aunque causó mucha discusión con el maestro ecuestre y su padre, se salió con la suya porque sus faldas eran holgadas y largas, así que al subirse parecía sentarse de lado, pero mientras se acomodaba sobre la montura, lograba pasar la otra pierna del otro lado del caballo.  

tan tan

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